sábado, 31 de enero de 2015

CULPABLES DE SER INOCENTES

En 1995, el filósofo francés Pascal Bruckner escribió su obra "La tentación de la inocencia". Se trata de un ensayo en el que el pensador galo, entre otras cuestiones, desdeña la corriente vigente en nuestra sociedad por la que tendemos a desproveernos de cualquier responsabilidad ante los problemas. Sostiene que esta actitud se sustenta en dos "enfermedades" contemporáneas: la infatilización y el victimismo. 


Así pues, la dificultad que entraña ser libres y dueños de nuestras decisiones, opiniones y (afirma él) nuestro destino, nos abruma y escapamos de las consecuencias que comporta. De la responsabilidad de nuestros actos. Actuando como si fuéramos niños a los que todo está permitido o bien como mártires




Hace unos días conversaba con unos amigos sobre la situación de Grecia tras la reciente victoria de Syriza. Todos estábamos de acuerdo en que las medidas de austeridad que habían impuesto la UE, el BCE y el FMI habían sido excesivas y contraproducentes. Cuando debatimos sobre el origen del estado precedente del país heleno y cómo habían llegado a ese contexto, ya no hubo unanimidad. Al menos no en todos los aspectos. 


De nuevo coincidíamos en que la mayor parte de la culpa les correspondía, por motivos obvios, a los dirigentes griegos que habían falsificado su situación contable, así como habían permitido auténticos dislates con prestaciones sociales mediante. Pero algunos opinábamos que había una parte de la responsabilidad, menor, pequeña, aunque real, que correspondía a algunos ciudadanos. 

Poco importaban los datos y los argumentos. Desde la existencia de un fraude fiscal de más de 20.000 millones de € anuales que, aunque en su mayor parte se genere por las grandes fortunas y empresas (como en España), también se podía imputar una porción de autoría a ciudadanos menos pudientes (como en España). Hasta la connivencia de todos los que percibían salarios desorbitados y prestaciones increíbles de jubilación anticipada o por otros conceptos bastante marcianos. Pasando, finalmente, por la necesaria complicidad de los que habían seguido votando hasta los recientes comicios a los dirigentes que habían creado y consentido todos estos desmanes. 


Para esos amigos no existía ni un ápice de responsabilidad que pudiera ser achacada a los ciudadanos griegos en la generación del estado de bancarrota de su país. Naturalmente, en  su concepto de ciudadanos no cabían los empresarios poderosos, ni los que forman parte de estamentos "superiores" como el ejército o los religiosos. Nada. Todo era culpa de los políticos, aunque admitían que no de todos. 


Es un concepto ciertamente romántico, una idea sugerente, tentadora. Pensar, por ejemplo, que los 253.000 millones de € que en España cada año escapan al control fiscal según GESTHA  solamente corresponden a los peces gordos, a Messi y a otros potentados, es muy reconfortante. Porque nos permite evadir el análisis sobre quienes nos rodean y, sobre todo, de nosotros mismos. 




La culpa la tienen los gobiernos, que no hacen nada o muy poco para combatirlo, piensan muchos. Lo de las facturas sin IVA, las descargas ilegales y otras naderías similares y que, según el Instituto de Estudios Fiscales, más de la mitad de los españoles justifique el fraude fiscal poco importa.


Otro tanto sucede con nuestras elecciones personales. Las llevamos a cabo muchas veces por motivos que responden más a otras cuestiones que a la razón. Desde el delegado de la clase que apoyábamos porque es "mi amigo" sin importar si era una persona trabajadora y con capacidad para representar los intereses de los alumnos, hasta los representantes en el comité de dirección o ¡sorpresa! los políticos electos. 


No digo que todos lo hagamos siempre así. Afirmo que muchas veces sucede. Y luego nos desentendemos completamente de esa decisión, algo que queda reflejado en las encuestas según las cuales un porcentaje mucho menor de ciudadanos reconoce haber votado al PP en noviembre de 2011, de los que en realidad lo hicieron.


Así, en muchas ocasiones, se elige a un representante no porque sea el más capacitado, el más preparado, el que tiene más carisma o el, sencillamente, más indicado. Se elige porque es "de los nuestros", o porque es el único que puede garantizar la vigencia de nuestro estatu quo, o porque el otro nos cae mal porque un día no nos saludó en un acto, o cualquier otro motivo similar. 


Es decir, cuando apoyamos a alguien a sabiendas de ser una opción menos adecuada, pero aún así aceptamos hacerlo. Algo que cualquier persona que lleve un tiempo militando en la política sabe que sucede, pero que no es ajeno tampoco a otros ámbitos de nuestras vidas.


Luego, cuando vienen los desengaños, las decepciones, las derrotas o las contradicciones, muchos no recuerdan o no quieren hacerlo, que si esa persona había llegado hasta allí es porque ellos y muchos otros como ellos contribuyeron con su pequeña aportación personal a ponerlo. 


Y no me refiero a las personas que no cumplen las promesas que habían formulado, motivo lógico para desentenderse de ellas. Sino al que es incapaz de comunicar bien; o tiene una alarmante falta de preparación y conocimientos sobre la materia; o desprende menos carisma que un cepillo de dientes. Todas ellas características conocidas de antemano.


Naturalmente, no pretendo que nadie lea estas líneas y después haga un ejercicio de contrición, reflexionando durante horas con el Agnus Dei del Réquiem de Mozart sonando, mientras está sentado en la oscuridad en el sofá de su casa. 


Solamente quiero manifestar mi convicción sobre la necesidad de comprender que todos nuestros actos conllevan consecuencias, responsabilidades, en cualquiera de las esferas en las que los adoptamos. Y que de ese reconocimiento y asunción de responsabilidad sobre los mismos puede generarse la semilla de la rectificación para no volver a cometer los mismos errores de nuevo. Porque la tentación de la inocencia sobre ellos es un lujo que no podemos permitirnos y del que debemos alejarnos sin demora alguna. 


Nada mejor que cerrar este texto con una referencia al inicio del mismo. Concretamente, la frase con la que se abre el libro de Bruckner, del escritor francés Louis Ferdinand Céline

"Todos los demás son culpables, salvo yo."

1 comentario:

  1. Yo te voté a ti en su día, en noviembre del 2011, y tengo claro que hay muchas prestaciones que se han dado por dar, que hay gente que vive de rentas ilegales, dinero en negro, y similares, y otra/os con estudios universitarios, formación extra y experiencia laboral tenemos que solicitar ayuda a nuestros padres, mayores, cosa que da vergüenza, nos tenemos que privar de muchas cosas mientras muchos se están enriqueciendo a base de pedir, sin cumplir, trabajando mal, cometiendo fraudes e ilegalidades, y así no es.

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