martes, 24 de octubre de 2017

¿INDEPENDENTISTAS DE IZQUIERDAS?

Los anhelos de independencia de cualquier persona manifestados desde el respeto, la tolerancia y en el marco de una sociedad democrática, son tan legítimos como otros cualquiera. Sé que es una obviedad, aunque era necesario decirla.

Pero, en mi opinión, existe una incoherencia entre un discurso independentista y las demandas de las formaciones que dicen situarse en el lado izquierdo del tablero político. Porque hay elementos de uno y otro concepto que se repelen mutuamente.

Comprendo que un partido conservador como el PDECat acoja sin problemas argumentaciones de carácter soberanista. Dentro de su concepción elitista de la sociedad, no hay problema alguno en traspasar esa visión a un escenario en el que los catalanes merecen separarse del resto de España, porque son “mejores” (la España “subsidiada” vs la Cataluña “productiva” según sus propias palabras).

Incluso la idea de que hay dos tipos de catalanes, los que son “auténticos” (independentistas o soberanistas) y los que no lo son (el resto), encaja como un guante en esa dialéctica. Como resume el famoso tuit de, en aquel entonces CIU, animando “a los de casa” a ir juntos (10 de enero de 2015).



Todo ello es lógico en una formación de estas características que también extrapola estos pensamientos al área económica y social.

Pero resulta incomprensible que formaciones políticas que dicen ser de izquierdas, sean capaces de enarbolar un discurso que ampare reivindicaciones independentistas. Por varios motivos, además.

El primero de ellos es que la defensa de los derechos que pretenden como partidos de izquierdas no es una defensa únicamente válida para un territorio en concreto, sino que esos valores y derechos tienen un carácter universal. Porque las reivindicaciones laborales, sociales, sanitarias o educativas no entienden de países o fronteras, sino únicamente de personas.

Es decir, que para la izquierda la “patria”, “nación”, “país” o “Estado”, no son necesariamente fronteras terrestres, marítimas o aéreas. No son trapos de colores o grandes empresas y negocios. Son los menores, los trabajadores y empresarios sin recursos suficientes, los soldados y personas sin empleo, las personas dependientes. Y sus derechos y reivindicaciones son las de todos nosotros. Porque la pretensión que persigue de una mayor justicia social e igualdad es universal.



El segundo motivo es que en toda ideología que consista en glorificar unas características propias diferenciadoras de una determinada región por encima del resto, subyace el estrato de un discurso elitista (como el del PDECat). Y lo cierto es que, de momento, aunque Cataluña sigue formando parte de España, en el mensaje soberanista muchas veces se contraponen las bondades de los catalanes respecto a las de “los demás”. Incluso en el ámbito de la corrupción se ha utilizado este recurso por parte de la izquierda independentista catalana, puesto que aceptan gobernar con un partido que ha tenido que cambiar su nombre por sus problemas de corrupción (¿los corruptos catalanes son menos corruptos?).

Un discurso que va absolutamente en contra de otras reivindicaciones clásicas de la izquierda, empezando por el concepto de solidaridad entre regiones, el cual desvirtúan cada vez que justifican la separación del resto del país por motivos económicos. Igualmente sucede con la igualdad de oportunidades, por pensar que los catalanes merecen un destino mejor que el resto de ciudadanos que han tenido una historia común con ellos.

Y ahí están ERC, la CUP y otras formaciones menos numerosas, tratando de justificar lo imposible. Exponiendo su propuesta independentista y disfrazándola con la dicotomía de una pobre Cataluña supuestamente aplastada por una España abusona, llevando el maniqueísmo a extremos increíbles. Ya ni siquiera se esfuerzan en aparentar una dialéctica de izquierda/derecha, pues hace tiempo que el eje es España/Cataluña y lo saben perfectamente.

Y todo a los pies de un PDECat líder del proceso. Amparándolo, permitiendo la subsistencia de un político como Mas hasta hace poco o ahora Puigdemont, cuyo partido ha recortado derechos sociales y sanitarios en Cataluña ante las narices sin olfato de los soberanistas supuestamente progresistas.



Anteponiendo, en definitiva, la necesidad de separarse del resto con el sofisma de que “solos nos irá mejor que con estos”. Sucede que muchos de “estos” son también catalanes o españoles que desean que a Cataluña le vaya mejor sin necesidad de rupturas y, entre ellos, muchos también de izquierdas. 


Pero eso les trae sin cuidado.

lunes, 16 de octubre de 2017

MI PATRIA: MIS DERECHOS Y LIBERTADES

Resulta imposible abstraerse estas últimas semanas del debate identitario o patriótico que se ha instalado en todos los foros virtuales y medios de comunicación. Hemos percibido su huella en el deporte, las tertulias de ocio, las conversaciones de barra o los asuntos familiares incluso.

Los efectos colaterales del procès en Cataluña se expanden a una velocidad pasmosa y no son pocos quienes, al sentir esa flamígera llamada en sus corazones, se aprestan a manifestar cuán españoles o catalanes, o vascos, o calagurritanos se sienten. 

Las banderas ondean en balcones y las fotos de perfiles en las redes sociales, mientras comercios asiáticos y vendedores ambulantes hacen su particular agosto, encantados con el fervor nacionalista imperante.

Sucede, sin embargo, que existe una parte de la sociedad en la que me incluyo, a la que aquello de saltar coreando "Yo soy español, español" o derramar una lágrima mientras suenan los primeros versos de "La Balanguera", no nos llama particularmente. No sentimos que definirnos como "españoles", "mallorquines" o cualquiera que sea la región en la que vive el lector sea algo que responda satisfactoriamente a nuestra perspectiva sobre estas cuestiones.

En algunos casos, porque consideramos el mundo en que vivimos como un todo en el que las diferentes culturas son un elemento de diversidad que nos enriquece al intercambiarlas, no un objeto arrojadizo con el que batallar para decidir cuál es superior. También porque los derechos y libertades en los que creo representan valores universales. Y no son patrimonio exclusivo de un determinado Estado, nación o expresión cultural. Aun así, respeto las sensibilidades diferentes a la mía, siempre que no sean excluyentes o impositivas.

Existen también otras razones por las que más personas sentirán esa desubicación respecto  al concepto de nación, patria o país  y todas ellas tan legítimas como las que he enumerado: desapego social, falta de referentes, desarraigo, etc.




Ocurre, no obstante, que todas las personas que habitamos el planeta debemos pertenecer de un modo u otro a una organización política y administrativa que varía en su nomenclatura y sus características según la latitud geográfica, pero que finalmente mantiene un nexo, querido o no, entre sus integrantes. Un Estado, un país, una república, una monarquía...

Ese ente político-administrativo incluye a los que se muestran orgullosos de pertenecer a él, a los que desean formar el suyo propio partiendo de un fragmento del mismo, a los que son capaces de compaginar la querencia al todo y a la parte y a los que no nos sentimos cómodos con el concepto de identidad nacional en ninguna de sus variantes, centrífuga o centrípeta, pero que reivindicamos el amparo y la garantía de derechos y libertades básicos.

Pues bien, ante semejante escenario nos encontramos ahora mismo por primera vez desde su promulgación con una propuesta de los principales partidos del hemiciclo para reformar la Constitución de 1978. Una tarea que se antoja titánica ante la diversidad de opciones que se barajan, muchas de ellas contradictorias. Pero también lo fue en aquel entonces y se pergeñó un texto que ha sido el eje vertebrador de los derechos en este país durante 40 años. Y con un apoyo social y político como nunca ha vuelto a tenerlo ningún otro texto legal que se haya consultado directamente a la ciudadanía. 

Ante esta magnífica oportunidad de cambiar las reglas del juego desde la legalidad, me parece particularmente oportuno sugerir o recordar que puede haber una forma, una idea o ideas, que, si bien no contenten a todos los implicados (imposible en cualquier ámbito de la vida), sí resulten suficientes para forjar el habitáculo que nos pueda albergar conjuntamente.

Son muchas las mentes brillantes que las han considerado en los últimos 100 años, pero quiero destacar dos particularmente por su claridad en la forma de exponerlas: Ortega y Gasset y Jürgen Habermas.



El genio madrileño acuñó la expresión "Entusiasmo constructivo" para definir el ánimo que debía anidar en los corazones y cabezas de quienes tenían que afrontar la transformación del país. Estas fueron sus palabras al respecto: "Este debe ser el supuesto común a todos los grupos republicanos, lo que latiese unánimemente, por debajo o por encima de todas nuestras otras discrepancias; que nos envolviese por todos los lados como el aire que respiramos, y como el elemento de todos y propiedad de ninguno. La República tiene que ser para nosotros el nombre de una magnífica, de una difícil tarea, de un espléndido quehacer, de una obra que pocas veces se puede acometer en la Historia y que es a la vez la más divertida y la más gloriosa: hacer una Nación mejor". (El subrayado es mío)

Ortega se refería a que la citada República debía ser la mejor expresión de derechos y libertades que respondieran a las necesidades de todas las partes implicadas, de modo que el motivo de orgullo no fuera una determinada región, o enclave, o elemento cultural, sino la suma de todos esos derechos y libertades, algo con lo que cualquiera pudiera sentirse identificado de una manera grata, sin necesidad de enarbolar identidades con las que fomentar movimientos contradictorios. 

Bastantes años después, Habermas a partir de su obra "Identidades nacionales y postnacionales" (1989) y en otras posteriores, se pronunció en términos semejantes, al promocionar y desarrollar el concepto que el político y periodista alemán Dolf Sternberger había ideado: el "Patriotismo Constitucional". 




Su génesis parte de la voluntad de superar los estigmas que el nazismo había dejado en el sentimiento patriótico de la Alemania de posguerra, dotándolo de un contenido democrático. Pero después evolucionó hacia algo más universal y profundo: habiendo detectado las deficiencias y contradicciones que esconde el concepto de "nación" y con el ánimo de superarlo, surge de la concepción de una sociedad democrática participativa, en la que el establecimiento de derechos, libertades y garantías se erige como la verdadera "patria" a la que defender y con la que identificarse.

Veamos qué dice el filósofo germano en su obra (página 102): "Las tradiciones nacionales siguen acuñando todavía una forma de vida que ocupa un lugar privilegiado, si bien sólo en una jerarquía de formas de vida de diverso radio y alcance. A estas formas de vida corresponden, a su vez, identidades colectivas que se solapan unas con otras, pero que ya no necesitan de un punto central en que hubieran de agavillarse e integrarse formando la identidad nacional. En vez de eso, la idea abstracta de universalización de la democracia y de los derechos humanos constituye la materia dura en que se refractan los rayos de las tradiciones nacionales —del lenguaje, la literatura y la historia— de la propia nación."

Se trata, por tanto, de la reivindicación "patriótica" de esos derechos y libertades que, aun siendo capaces de proteger e integrar las distintas sensibilidades nacionalistas que cohabitan un determinado espacio geográfico y social, se alzan por encima de éstas como el nexo que iguala a todos sus habitantes a pesar de sus diferencias culturales. 


Es una idea que, por su propia naturaleza, no entiende de fronteras o aplicaciones limitadas. Tan válida es para España como para la propia UE, o cualquier otro país o agrupación de Estados. No precisa de un origen histórico o étnico en común o de una afinidad cultural inmensa, sino que son los propios valores constitucionales, de carácter democrático y universal, los que constituyen la razón de pertenecer al Estado o supranacionalidad que los acoge.  

Quizás si somos capaces de superar y  arrinconar las ansias de destrucción mutua que algunos elementos de ambos extremos se profesan, podamos vislumbrar en los próximos años el nacimiento de una nueva carta de derechos y libertades que dé respuesta a las reivindicaciones de muchos ciudadanos que somos capaces de respetarnos y convivir, independientemente del idioma que hablemos y de la cultura que profesemos, defendiendo y comprendiendo el derecho del prójimo a hacerlo. Nunca es tarde para evitar una tragedia y siempre estamos a tiempo para dialogar y tratar de mejorar el mundo en que vivimos.  


viernes, 4 de marzo de 2016

CUANDO LLEVAR CORBATA ES ANTISISTEMA

Hace unos meses un amigo mío puso una foto en su muro de Facebook en la que figuraba él vestido con rigurosa americana oscura y camisa blanca impoluta, junto al actual entrenador del Rayo Vallecano, Paco Jémez, quien aparecía con un atuendo bastante más casual. 

"Estás hecho un dandy", le señalé mediante un comentario a pie de foto. "No, Pablo", me dijo y añadió, "En Vallecas, los "currelas" somos los únicos que salimos vestidos de manera elegante, porque los que tienen pasta de verdad no necesitan vestir así." Me pareció una observación inteligente, en consonancia con la opinión que me merece él como persona.

Pero lo cierto es que al cabo de unos días no volví a pensar en ella, hasta que en la constitución del hemiciclo en la presente legislatura el debate sobre el aspecto de los nuevos diputados saltó de forma masiva a los foros de opinión. Entonces recordé las palabras de mi amigo. Y eso me indujo a una reflexión algo más profunda que he decidido plasmar hoy aquí.

En un principio, hay una circunstancia que a todas luces resulta obvia, como lo es que cualquier parlamentario es libre de escoger las ropas con las que ejercer su cargo. Tan diputado o senador será vestido de impecable traje, como en mangas de camisa atendiendo a un medio o ciudadano por correo electrónico un domingo en su casa.

No obstante, hay quienes pretenden establecer una confrontación entre lucir un aspecto casual que supuestamente los emparenta con la ciudadanía más humilde, que calzarse traje y corbata, más acorde con las élites económicas y financieras.

En mi opinión no hay nada malo en acudir vestido de forma sencilla al Congreso de los Diputados. La labor parlamentaria no se verá afectada en absoluto por ello y desde hace años hay precedentes que confirman empíricamente esta afirmación. Sobre todo si se mantiene la misma coherencia en otros ámbitos de la vida. 

Pero para mí constituye un error hacerlo con el objeto de establecer una distancia con quienes, fieles a la tradición, van a la cámara baja con la convencional corbata o traje: es decir, para diferenciarse de lo que creen que representan los demás. 

Porque eso conlleva un mensaje excesivamente maniqueo, del tipo "esos son los malos, que visten así de elegantes, porque los buenos somos más sencillos y humildes". Ese mensaje está cargado de toda una suerte de simbolismos que no siempre encuentran justificación en la razón y sí en la agitación de viejos conceptos ya superados. 




Hace muchas décadas la mayor parte de la población no podía costearse un traje o un vestido "formal". Eso estaba al alcance tan solo de las personas que podían pagarlo, que eran muy pocas. En aquel entonces, la voluntad de identificación con esa masa social mayoritaria bien podía reflejarse en la negativa a lucir corbata o americana. 

En la actualidad, la mayor parte de trabajadores asalariados en restaurantes, centros comerciales, aeropuertos, hoteles, bancos y la inmensa mayoría de negocios, viste americana y, en muchas ocasiones, corbata. Del mismo modo que es muy habitual observar a magnates, altos directivos y representantes célebres del mundo cultural lucir el atuendo más casual posible. Las famosas bermudas rojas del fallecido Emilio Botín o las barbas hipster (antes marxistas) son buena prueba de ello.



De modo que se da la cómica paradoja de que quizás hoy en día vestir de manera sencilla con la voluntad de representar a un estamento social, significa hacerlo más bien por la parte de los más poderosos. Como broma se puede decir que llevar corbata hoy en día en el Congreso es más antisistema que no llevarla.

En cierta manera, entronca perfectamente con la teoría del "elitismo invertido" de Daniel Innerarity, el cual denuncia que para combatir a "la élite", se necesita de la construcción de otra: la élite popular. Concepto este del elitismo popular que, por supuesto, es lo suficientemente genérico y flexible para los usos que sean necesarios.

La utilización de la imagen estética ha sido manejada desde tiempos inmemoriales para lanzar un mensaje determinado. El problema es que los conceptos no siempre han permanecido inalterables y lo habitual, como suele ocurrir en nuestra Historia, es que lo que antes significaba algo determinado, pueda reflejar lo contrario al cabo de un tiempo. 

Bien lo sabían los punks primigenios de los 70, quienes también buscaban la imagen de la provocación vistiendo en ocasiones corbatas y americanas junto con un mensaje vagamente nihilista y supuestamente antisistema. Duró lo suficiente hasta que su uso en muchas de esas bandas fue tan convencional que ya no servía a su propósito. Se había institucionalizado.




A mí, personalmente, me gustaba acudir a los plenos con traje y corbata. Constituía una suerte de uniforme de trabajo que tampoco me era ajeno por mi condición de abogado. No pienso que me hiciera ni mejor ni peor, pero me gustaba la idea de que, de alguna manera, un aspecto tan "oficialmente" formal constituía a dignificar lo que para mí era la ocupación más importante que he desempeñado. Que no era otra que confeccionar las leyes que después se aplicarían a decenas de millones de personas. 

Por supuesto, como ya he afirmado, mi labor hubiera sido exactamente igual vestido con mis habituales camisetas de los Ramones o Motörhead, que suelo ponerme cuando estoy en casa o durante el verano. Pero me gusta la idea de que si para determinadas actividades nos ponemos el uniforme "adecuado", incluso para salir a cenar o acudir a una boda, porqué no hacerlo también para trabajar.

La imagen casual solamente tiene su razón de ser cuando es auténticamente casual, algo que casi nunca suele suceder. Cuando la misma es buscada de manera voluntaria y enfatizándola ante el aspecto de los demás, se convierte en un uniforme más, como cualquier otro. No más humilde, ni más criticable. No es mejor, ni peor. Tan solo otro disfraz más. 

Por otra parte, como ya he afirmado repetidas veces, vestir de una determinada manera no nos hace peores ni mejores. Por lo que no es válido descalificar a las personas en función de su aspecto. 

Por ese motivo, jamás podré estar de acuerdo con la supuesta superioridad moral que emana de quien se sitúa por encima de los demás en función de su imagen. Y he sufrido esa discriminación en los dos sentidos: cuando vestido de traje y corbata he apreciado miradas de desdén por parte de personas de aspecto más sencillo y a la inversa.

Y, por la misma razón, el mensaje de que hay que vestir como "el pueblo" (otro concepto genérico y que no representa, en realidad, a nadie) porque éste es mejor que los que le han representado hasta ahora, es demagógico.

Todos deseamos ser representados por los mejores. Pero estos pueden ir perfectamente enfundados en un traje de Ermenegildo Zegna, como hacerlo en un bañador de Carrefour. Lo que no puede pretenderse es descalificar con el tópico habitual de las clases dirigentes con traje, puro y sombrero de copa para sustituirlo por el de las clases humildes con ropa de saldo como las verdaderamente idóneas para gobernar el país.

La estética y la moda son un foco de vanidad y frivolidad del que muy pocos pueden abstraerse en la realidad. Pero al menos que estén desprovistas al máximo de prejuicios y de ideología. Que solamente nos pongamos ese traje negro azabache o esos pantalones de cuero sencillamente porque nos gustan y nos hacen sentirnos bien y más cómodos con lo que hacemos, no porque nos hacen creernos mejores que los demás.

Incluso es posible vestir con vaqueros y camisa en el Congreso de los Diputados y acudir a los Premios Goya con esmoquin. Pero estaría bien hacerlo con un discurso coherente al respecto. Lo demás, denota postureo.




jueves, 1 de octubre de 2015

SOBRE EL PODER Y LAS PERSONAS

Ahora que ya enfilo los días finales de mi trayectoria parlamentaria, he reflexionado mucho sobre cómo ha cambiado mi vida y a mi persona una experiencia vital como ésta. Quizás no me corresponde realmente a mí hacer esa valoración y sí a las personas que me conocen bien y desde hace tiempo. A ellos les preguntaría si casi ocho años después de haber comenzado mi andadura en la política institucional soy tan necio como antes o si, por el contrario, aún lo soy más ahora.


El gran Abraham Lincoln nos dejó muchas cosas para la posteridad. Entre ellas, numerosas sentencias y aforismos que me gusta rememorar de vez en cuando. Uno de ellos es especialmente apropiado para el tema de este texto: "Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder."


Aunque es probable que el expresidente de EEUU conociera antes las palabras de Pítaco de Mitilene, uno de los 7 Sabios de Grecia: "Si queréis conocer a un hombre, revestidle de un gran poder. El poder no corrompe, desenmascara."


Cuánta verdad hay en estas sabias palabras de personas que llegaron a ser de las más poderosas de su tiempo. Sin duda Lincoln debió preguntarse muchas veces hasta qué punto le había afectado el ejercicio del poder y, a su vez, pudo comprobar qué repercusiones tenía entre las personas que le rodeaban.




Por supuesto, bajo ningún concepto considero que yo haya tenido capacidad de mando alguna por haber sido diputado. Pero sí he conocido a algunos que dentro del ámbito político lo han tenido y no, necesariamente, desde el principio.


Claro que, en realidad la pregunta no es si el poder cambia a las personas. Sino que  todos tenemos unos atributos inherentes y que lo único que hace la autoridad es ponerlos de manifiesto con mayor publicidad.


Y, efectivamente, tras casi ocho años en la política sí he podido apreciar por mi cuenta como algunas de las personas que he conocido han mostrado su peor cara en cuanto han tenido mayores responsabilidades. Vamos, que no es que se hubieran vuelto unos cabrones, sino que ya lo eran con anterioridad, tan solo que no tenían oportunidad de mostrarlo cada día y con tanto público.


En cierto modo esto me recuerda a lo que decía una familiar mío en referencia a las drogas y en que estas te puedan dejar permanentemente perjudicado: "Los que se vuelven tontos tomando drogas ya lo eran antes."


Bromas aparte, lo cierto es que esa es una de las caras más amargas del ejercicio de la política. No la única, pero sí una de las peores. Porque tratas a menudo con gente que se comporta como auténticos tiranos con los demás, con personas que mienten para hacer daño a otros o que avasallan a todos los que se les ponen por delante. Pero que luego públicamente defienden valores como el respeto, el honor o la pluralidad. Y tú sabes cuánto cinismo e hipocresía hay en sus palabras.


Como sucede en el ámbito empresarial, familiar u ocioso, por otra parte. Siempre han existido personas venenosas que se crecen en cuanto tienen capacidad de decisión a su alcance. Pero en todos esos casos se trata del ámbito privado. La gravedad de la política es que esos sujetos son personajes públicos y con un doble perfil. 




En cualquier caso estos personajes son, afortunadamente, minoritarios. Porque también he podido comprobar como la mayoría de personas que he conocido en la política dan lo mejor de sí siendo, en general, bastante coherentes consigo mismos. 


Considero que el poder es un elemento neutro, que en función de quién lo ejerce y de cómo lo hace tiene consecuencias negativas y positivas para los demás. Pero sí hay que reconocerle una cualidad positiva original y es su capacidad de reflejar el alma de sus usuarios con toda nitidez. 


jueves, 11 de junio de 2015

POR QUÉ LO LLAMAN HONOR CUANDO QUIEREN DECIR ODIO

El espectáculo de las negociaciones para conformar gobiernos de progreso en muchos ayuntamientos y comunidades autónomas, ha comenzado. Se acabaron las declaraciones altisonantes en tertulias y ruedas de prensa. Ya no caben tuits ingeniosos ni campañas en las redes sociales encaminadas a enardecer las hordas. Ahora se negocia el futuro de millones de personas en el país y cada partido será juzgado en función de su posicionamiento. 


Es público y notorio que la formación Podemos ha afirmado que no formarán parte de gobiernos que estén presididos por socialistas, si bien han matizado después que depende de lo que decida cada organización regional a través de sus bases. El motivo para vetar a esas personas no está relacionado con la honradez, la capacidad, las ideas o el historial de los candidatos presidenciables del PSOE, como cabría pensar. El motivo, sencillamente, es que son del PSOE. Y, con eso, es suficiente.


Curiosamente, si el ejecutivo en cuestión tiene integrantes socialistas en función de consejeros o regidores, no parece que haya inconveniente alguno para compartir aventuras políticas. El problema son las presidencias de las instituciones. 




Y son un problema para los estrategas podemitas, porque ellos saben muy bien que el poder que emana de los gráficos en los que se dibujan los gobiernos de las CCAA y municipios, en los que siempre se pone el color y logotipo del partido que los preside aunque sean de coalición, constituye un balón de oxígeno para los socialistas. Y ellos no quieren que el PSOE respire. Quieren que se asfixie.


Porque Podemos no quiere sustituir al PSOE. Podemos quiere ser el PSOE. Y para poder serlo, antes debe matarlo. Y no puede matarlo si éste sigue vivo presidiendo comunidades, capitales y municipios importantes. 


No importa que las similitudes programáticas entre ambos lleguen a porcentajes tan elevados que casi parecen absurdos (si bien es Podemos quien ha modificado sus programas, no el PSOE). Da igual que, por ejemplo, los antecedentes socialistas en Madrid (capital y comunidad), Baleares (incluido el Ayuntamiento de Palma de Mallorca) o Valencia (ciudad y comunidad) no fueran desastrosos y se caracterizaran, aún con sus errores, por ser gobiernos progresistas.


En nada influye que el PSOE haya sido la lista más votada entre todas las opciones de izquierdas en esas instituciones que pretende gobernar y que, en aquellas que no lo ha sido, no tenga inconveniente en apoyar a la lista con más apoyos, siempre y cuando sean partidos u opciones progresistas. 


Sencillamente, Podemos odia al PSOE. Porque el PSOE es todo lo que le gustaría ser pero, de momento, solamente les llega para ser Izquierda Unida. Es lógico, teniendo en cuenta que una gran parte de sus dirigentes proviene de esa formación. Al parecer, en el tránsito de una a otra no solamente se trajeron sus bártulos sino que también les acompañaron los rencores, los complejos y la envidia que siempre nos han profesado.


Esos complejos que explican que, en los debates parlamentarios, los diputados de IU  sean incapaces de aplaudir intervenciones brillantes de portavoces socialistas. Pero que luego te reconozcan en privado que les ha gustado mucho y que si no han aplaudido es porque "nuestra gente lo hubiera visto mal." 




Por supuesto, a la inversa, no son pocas las veces que desde la bancada socialista se aplaude a diputados de otros grupos parlamentarios, Izquierda Unida incluida. 

Quizás lo que le ocurre a Podemos es que saben que son fruto de una situación coyuntural excepcional y que, si esa situación desaparece, también lo hará su razón de existir. En realidad, no les interesa que haya un gobierno que cubra los intereses sociales de los ciudadanos siempre que no sean ellos, porque eso supone corroborar que no tienen la exclusiva en cuanto a las políticas que buscan la equidad y la justicia social. 

Y, claro, cuando te has pasado varios años diciendo que solamente tú eres capaz de resolver los problemas, cuando te has cimentado sobre una falacia que incluso algunos de sus máximos dirigentes reconocen falsa, como que PSOE y PP son lo mismo, cuando lo que has hecho ha sido sembrar el odio y el rencor contra el prójimo de manera sistemática, resulta casi imposible después actuar con otros principios rectores que no sean los que te han aupado al tercer lugar en el mapa político. 


Por eso Podemos no debe justificar su actual posicionamiento como una cuestión de honor u honradez. No hay honor alguno en el veto a los demás cuando han obtenido más apoyos que tú y proponen lo mismo que tú. No es honorable descartar por cuestión de estrategia política a un partido cuando la finalidad debería ser ayudar a mejorar la sociedad en que vivimos, si no puedes o no quieres liderar tú esa responsabilidad. No pueden hablar de honor cuando lo que nubla su razón y su lógica es el odio. 

Un odio irracional, rencoroso, y que acabará consumiéndolos. Quizás lo que deberían hacer es eso. Empezar por reconocer que aquello que dicen que es honor es odio.

Llamar a las cosas por su propio nombre es un buen comienzo para un diálogo sincero. 

lunes, 16 de marzo de 2015

SI LA VIDA FUERA UN VIDEOJUEGO

A menudo me gusta pensar cómo sería la vida si transcurriera exactamente igual que en los videojuegos. 

Me fascina la idea de que pudiéramos volver atrás cada vez que cometiéramos un error y comenzar de nuevo la partida, con la barra de energía bien cargada y todas las herramientas preparadas. Porque de esta forma sabríamos dónde se esconden los obstáculos, los enemigos que nos acechan y  dónde están los tesoros ocultos. 

Tendríamos más tiempo para poder conocer a las personas mejor y saber cuáles valen la pena y con cuáles es mejor no cruzarse con ellas. Trataría de hacerlo bien donde lo he hecho mal e intentaría dejar alegría donde he generado tristeza.  

Y si tan solo quisiera tomarme un pequeño descanso, apretaría el botón de pausa para luego continuar tranquilamente sabiendo que todo va a permanecer en el mismo lugar.

Sería genial poder afirmar: "Hoy voy a pasarme este día con un perfect".


Si la vida fuera como un videojuego, podríamos curarnos de las enfermedades comiendo setas y hongos que se cruzan con nosotros por la calle. Nos haríamos más grandes, más fuertes y nuestra salud se recuperaría sin depender de nuestra capacidad económica, de la codicia de las compañías farmacéuticas, ni de quienes hacen un negocio a costa de la salud de los demás. 



En mi vida, si fuera como en un videojuego, cargaría todos los trucos y pokes que pudiera para tener vidas, salud y dinero infinitos. Se lo aplicaría a las personas que quiero para que pudiéramos estar juntos sin más preocupaciones que cómo empleamos el tiempo sin límite del que disponemos. No tendría que sufrir por su pérdida y, si discutiéramos, podríamos hacer las paces siempre que quisiéramos. 

Aprovecharía para viajar por el espacio con naves increíbles que van más allá de la velocidad de la luz y volvería después para contar lo que he visto, como el replicante Nexus 6 de Blade Runner.

Podríamos editar el mundo y sus escenarios a nuestro antojo. Así, cuando ya estuviéramos cansados de ver siempre el mismo desierto o las mismas montañas, lo modificaríamos para que el día fuera la noche o la noche el día, que donde antes había tierra hubiera agua, o que donde había arena hubiera selva. 

También podríamos cambiar nuestro aspecto y usar por un día (o los que quisiéramos) peinados imposibles, largas barbas y ropas estrafalarias.



¿Qué haría si la vida fuera como un videojuego? Un día sería Messi, para saber cómo se siente cada vez que corre con el balón pegado a los pies mientras cien mil gargantas aúllan su nombre. Al siguiente, sería un luchador de artes marciales. Daría patadas voladoras a cinco metros de altura y volteretas hacia atrás como si nada. 

Cuando me cansara me convertiría en piloto de caza; o capitán de submarino; o en un cyborg gigante. Quizás sería PacMan durante un tiempo, para que los fantasmas me persiguieran hasta que comiera fruta y pudiera perseguirlos yo a ellos. 

Eso sí, nunca elegiría ser una pieza del Tetris. Lo de estar girando sobre mí mismo constantemente para tratar de encajar lo mejor posible con otras piezas no me acaba de convencer...;-)



Si la vida fuera un videojuego, el amor sería algo casi perfecto, indestructible y eterno. Pero antes deberíamos rescatar a nuestros seres queridos de la guarida de un malvado dragón, del local de un gángster o de las garras de la propia muerte. 

Aunque la recompensa sería enorme, porque sería el pasaporte a una vida feliz para siempre jamás, en la que bellos atardeceres junto al mar contemplan a la pareja, ensimismada mientras una emotiva melodía acompaña la bucólica escena.




Por todo eso y muchas cosas más, a veces uno desearía que la vida fuera como un videojuego en el que nosotros controláramos el mando y no fuéramos el títere de nadie. Para poder ser, en definitiva, más divertidos, más originales, más imaginativos. Mejores. 

Porque no puede haber nada mejor que ser el dueño de tu propia realidad y conseguir modificarla y vivirla como a ti te gustaría, y no solamente con el personaje que nos han asignado que, aunque sea bueno, no lo hemos elegido y tiene sus limitaciones. 

Así jugaríamos todos. 

sábado, 31 de enero de 2015

CULPABLES DE SER INOCENTES

En 1995, el filósofo francés Pascal Bruckner escribió su obra "La tentación de la inocencia". Se trata de un ensayo en el que el pensador galo, entre otras cuestiones, desdeña la corriente vigente en nuestra sociedad por la que tendemos a desproveernos de cualquier responsabilidad ante los problemas. Sostiene que esta actitud se sustenta en dos "enfermedades" contemporáneas: la infatilización y el victimismo. 


Así pues, la dificultad que entraña ser libres y dueños de nuestras decisiones, opiniones y (afirma él) nuestro destino, nos abruma y escapamos de las consecuencias que comporta. De la responsabilidad de nuestros actos. Actuando como si fuéramos niños a los que todo está permitido o bien como mártires




Hace unos días conversaba con unos amigos sobre la situación de Grecia tras la reciente victoria de Syriza. Todos estábamos de acuerdo en que las medidas de austeridad que habían impuesto la UE, el BCE y el FMI habían sido excesivas y contraproducentes. Cuando debatimos sobre el origen del estado precedente del país heleno y cómo habían llegado a ese contexto, ya no hubo unanimidad. Al menos no en todos los aspectos. 


De nuevo coincidíamos en que la mayor parte de la culpa les correspondía, por motivos obvios, a los dirigentes griegos que habían falsificado su situación contable, así como habían permitido auténticos dislates con prestaciones sociales mediante. Pero algunos opinábamos que había una parte de la responsabilidad, menor, pequeña, aunque real, que correspondía a algunos ciudadanos. 

Poco importaban los datos y los argumentos. Desde la existencia de un fraude fiscal de más de 20.000 millones de € anuales que, aunque en su mayor parte se genere por las grandes fortunas y empresas (como en España), también se podía imputar una porción de autoría a ciudadanos menos pudientes (como en España). Hasta la connivencia de todos los que percibían salarios desorbitados y prestaciones increíbles de jubilación anticipada o por otros conceptos bastante marcianos. Pasando, finalmente, por la necesaria complicidad de los que habían seguido votando hasta los recientes comicios a los dirigentes que habían creado y consentido todos estos desmanes. 


Para esos amigos no existía ni un ápice de responsabilidad que pudiera ser achacada a los ciudadanos griegos en la generación del estado de bancarrota de su país. Naturalmente, en  su concepto de ciudadanos no cabían los empresarios poderosos, ni los que forman parte de estamentos "superiores" como el ejército o los religiosos. Nada. Todo era culpa de los políticos, aunque admitían que no de todos. 


Es un concepto ciertamente romántico, una idea sugerente, tentadora. Pensar, por ejemplo, que los 253.000 millones de € que en España cada año escapan al control fiscal según GESTHA  solamente corresponden a los peces gordos, a Messi y a otros potentados, es muy reconfortante. Porque nos permite evadir el análisis sobre quienes nos rodean y, sobre todo, de nosotros mismos. 




La culpa la tienen los gobiernos, que no hacen nada o muy poco para combatirlo, piensan muchos. Lo de las facturas sin IVA, las descargas ilegales y otras naderías similares y que, según el Instituto de Estudios Fiscales, más de la mitad de los españoles justifique el fraude fiscal poco importa.


Otro tanto sucede con nuestras elecciones personales. Las llevamos a cabo muchas veces por motivos que responden más a otras cuestiones que a la razón. Desde el delegado de la clase que apoyábamos porque es "mi amigo" sin importar si era una persona trabajadora y con capacidad para representar los intereses de los alumnos, hasta los representantes en el comité de dirección o ¡sorpresa! los políticos electos. 


No digo que todos lo hagamos siempre así. Afirmo que muchas veces sucede. Y luego nos desentendemos completamente de esa decisión, algo que queda reflejado en las encuestas según las cuales un porcentaje mucho menor de ciudadanos reconoce haber votado al PP en noviembre de 2011, de los que en realidad lo hicieron.


Así, en muchas ocasiones, se elige a un representante no porque sea el más capacitado, el más preparado, el que tiene más carisma o el, sencillamente, más indicado. Se elige porque es "de los nuestros", o porque es el único que puede garantizar la vigencia de nuestro estatu quo, o porque el otro nos cae mal porque un día no nos saludó en un acto, o cualquier otro motivo similar. 


Es decir, cuando apoyamos a alguien a sabiendas de ser una opción menos adecuada, pero aún así aceptamos hacerlo. Algo que cualquier persona que lleve un tiempo militando en la política sabe que sucede, pero que no es ajeno tampoco a otros ámbitos de nuestras vidas.


Luego, cuando vienen los desengaños, las decepciones, las derrotas o las contradicciones, muchos no recuerdan o no quieren hacerlo, que si esa persona había llegado hasta allí es porque ellos y muchos otros como ellos contribuyeron con su pequeña aportación personal a ponerlo. 


Y no me refiero a las personas que no cumplen las promesas que habían formulado, motivo lógico para desentenderse de ellas. Sino al que es incapaz de comunicar bien; o tiene una alarmante falta de preparación y conocimientos sobre la materia; o desprende menos carisma que un cepillo de dientes. Todas ellas características conocidas de antemano.


Naturalmente, no pretendo que nadie lea estas líneas y después haga un ejercicio de contrición, reflexionando durante horas con el Agnus Dei del Réquiem de Mozart sonando, mientras está sentado en la oscuridad en el sofá de su casa. 


Solamente quiero manifestar mi convicción sobre la necesidad de comprender que todos nuestros actos conllevan consecuencias, responsabilidades, en cualquiera de las esferas en las que los adoptamos. Y que de ese reconocimiento y asunción de responsabilidad sobre los mismos puede generarse la semilla de la rectificación para no volver a cometer los mismos errores de nuevo. Porque la tentación de la inocencia sobre ellos es un lujo que no podemos permitirnos y del que debemos alejarnos sin demora alguna. 


Nada mejor que cerrar este texto con una referencia al inicio del mismo. Concretamente, la frase con la que se abre el libro de Bruckner, del escritor francés Louis Ferdinand Céline

"Todos los demás son culpables, salvo yo."