jueves, 7 de marzo de 2019

EL IGNORANTE MÁS INFORMADO DEL MUNDO

Antes de que otros compañeros del ámbito de la política lean estas líneas y se sientan en desacuerdo con ellas, debo avisar que las escribo a título exclusivamente personal. Es posible que algunos se identifiquen con lo que pretendo explicar y que otros, sencillamente, hayan experimentado todo lo contrario, ya que el desempeño de cualquier cargo conlleva un componente de subjetividad que hace imposible que dos experiencias aparentemente similares se vivan igual. En cualquier caso, ahí va mi opinión sobre una paradoja que me tocó vivir durante mis años como parlamentario. 



Para mí haber sido diputado en el Congreso es, parafraseando a mi admirado Alfredo Pérez Rubalcaba, uno de los mayores honores que he podido tener en mi trayectoria política. Elaborar las leyes que después se aplican a más de 47 millones de personas es una responsabilidad repleta de momentos gratificantes y muy estimulante. También, en ocasiones, esta actividad puede ser estresante y complicada pero los aspectos positivos superan, con creces, los negativos. 


Para facilitar mi trabajo, el Congreso de los Diputados ponía a mi disposición toda una batería de medios que son fundamentales para contrastar información, consultar fuentes diversas, conseguir opiniones doctrinales y jurisprudenciales, etc. Tenía acceso ilimitado a la propia biblioteca del Congreso o podía consultar a los Letrados de las Cortes cuando quisiera. Incluso el propio grupo parlamentario contaba con asesores en variadas materias que me guiaban y ayudaban con tan solo pedirlo. 





Además, tenía a mi disposición casi toda la prensa escrita que se publicaba a diario en nuestro país, acceso a bases de datos jurídicas y, como no, todos los Proyectos de Ley, Proposiciones de Ley, Proposiciones no de Ley, Mociones, Interpelaciones y demás iniciativas que se habían tramitado o debían tramitarse en el futuro. 


A todo eso debo añadir que, durante mis años como diputado (febrero 2009- noviembre 2015), vivía la política a pleno rendimiento. Hablaba de política con mi amigo y compañero de piso constantemente, leía todo lo relacionado con la materia que estuviera a mi alcance, comía y cenaba con otros parlamentarios con charlas monotemáticas y asistía a múltiples reuniones del partido. Los fines de semana con mis familiares y amigos solía repasar los asuntos trascendentales por lo que también hablaba de política. 


Es indiscutible que estaba informado de todo lo que afectaba a mi ámbito y hacía todo lo posible por compartir esa información. Actualizaba constantemente mis perfiles en las redes sociales y publicaba mis intervenciones, artículos y opiniones. Cuando alguien me preguntaba por alguna cuestión trataba de explicarle de manera exhaustiva mi punto de vista y le hacía llegar toda esa documentación a la que aludía para que pudiera comprobar por sí mismo la verdad de lo que yo le decía. 


No fueron pocas las ocasiones en las que pensé que quienes no estaban metidos en política estaban muy mal informados sobre los asuntos de los que opinaban y que era mi deber, casi sagrado, arrojar luz sobre la oscuridad que les envolvía. En cierto modo, así era. Resultaba imposible para esas personas, con otras dedicaciones y menesteres diferentes a los míos, tener tal grado de información actualizada y detallada sobre, por ejemplo, los presupuestos en materia de Educación para el ejercicio 2012. Y es correcto afirmar que mi obligación consistía en facilitar esos datos para que mis interlocutores pudieran tener una opinión más formada. O no. 


Pero ahí fue cuando cierta confusión se adueñó de mí. Que alguien que no está metido hasta el cuello en la política parlamentaria nacional no conozca los pormenores de la Ley de Residuos, no significa que no tenga su propio criterio sobre el sueldo de los parlamentarios, las intervenciones en los debates o las propuestas de los partidos. Porque una cosa es que esté mal informado al respecto (por falta de datos, por ejemplo), lo cual tiene rápida y sencilla solución como ya he dicho y, otra muy diferente, es que conociendo la información opine de manera diferente a ti. 


Y en mi caso particular cometí el error de pensar que mi opinión era más válida tan solo porque yo transpiraba la política por todos mis poros las 24 horas de cada día, encerrado en mi castillo de marfil hiperinformado tal como estaba. No comprendí que esa persona que me decía que detestaba los debates en los que unos y otros nos afeábamos nuestros trapos sucios, hablaba desde una visión muy distinta a la mía. La del que día a día tiene otras preocupaciones diferentes a las que yo tenía aquel entonces y que tan solo quiere ver como quienes han sido elegidos para solventarlas hacen su trabajo y no establecen una contienda que busca la aniquilación intelectual del adversario.


No fue hasta pasados unos meses desde que había dejado la política en primera línea cuando un día me sorprendí compartiendo la misma opinión que mis compañeros de tertulia sobre un asunto de actualidad. Y no es que yo no tuviera acceso a la información sobre esa cuestión. Como ex diputado puedo seguir accediendo a, prácticamente, todos los datos que tenía a mi disposición cuando ostentaba el cargo. 


No. Lo que había cambiado es que mi perspectiva algo más lejana me hizo ver ciertos aspectos que anteriormente mi aislamiento me había impedido. El archiconocido proverbio de que los árboles no me permitían ver el bosque me vino a la cabeza como un rayo y entonces comprendí que, durante esos años, había estado muy bien informado sobre todos los detalles particulares, pero que mi falta de contacto con la realidad de la inmensa mayoría de la población impidió que viera el conjunto de la situación. Que la opinión pública tiene sus propias razones  y que se pueden compartir o no, pero que para conocerlas hay que estar en la situación desde las que se generan. 


La gran paradoja de mi trayectoria política en el Congreso de los Diputados es que, durante mucho tiempo, fui una de las personas mejor informadas sobre la materia. Pero a la vez fui un ignorante de los verdaderos motivos y razones que mueven la opinión de quienes eran destinatarios de esa política. Mi exceso de celo en mi cometido me hizo olvidar que de nada sirve conocer todos los detalles del edificio sobre un plano si luego cuando visitas el edificio lo haces con el propio plano tapándote la visión. 


Quizás mi experiencia personal tan solo es aplicable a mí y mis compañeros sí estaban mucho mejor conectados con su entorno no político. O quizás también padecieron la paradoja que cito. Quizás alguno de ellos siga en activo y estas líneas le resulten útiles para no tropezar con las piedras que otros no vimos. O quizás sirvan a nuevos parlamentarios para poder apartarlas definitivamente del camino.    

lunes, 11 de febrero de 2019

EL PEÓN QUE SE CONVIRTIÓ EN DAMA

Tal día como hoy, hace ahora cuatro años, la Comisión de Educación y Deporte del Congreso de los Diputados aprobó una Proposición no de Ley (PNL) por la que, básicamente, se instaba al Gobierno a fomentar la introducción del ajedrez como herramienta pedagógica en el sistema educativo español. También a su difusión y promoción en espacios públicos. 

Al haber transcurrido desde entonces la duración de una legislatura convencional, considero que es un buen momento para reflexionar sobre los objetivos conseguidos por la iniciativa, así como también mencionar aquellos que todavía no se han alcanzado. 

En el momento en que se debatió la propuesta, febrero de 2015, existía una Declaración del Parlamento Europeo del 11 de marzo de 2012 por la que se instaba a la implantación del programa "Ajedrez en la Escuela", entre otras cuestiones, que sirvió como base sobre la que confeccionar la PNL. Gracias a la imprescindible colaboración del periodista y Maestro Internacional Leontxo García y del Maestro FIDE Joan Ramón Galiana, coautores junto con quien suscribe, el texto quedó listo para ser registrado y, finalmente, se aprobó por unanimidad de todos los partidos políticos. 


Leontxo García, Pablo Martín y el Portavoz de Educación del GPS, Mario Bedera


Hasta entonces tan solo dos comunidades autónomas, Cataluña y Cantabria, habían llevado a cabo iniciativas similares dignas de mención. En la actualidad, son ya ocho las que han introducido el ajedrez de una forma u otra, como herramienta pedagógica en sus sistemas educativos. La última en incorporarse ha sido Baleares, el pasado mes de octubre de 2018.

Es preciso recordar que las características del ajedrez que le permiten ser una herramienta completamente transversal en el ámbito educativo y social, son muchas y variadas. Desde su accesibilidad material y económica, hasta sus capacidades para aumentar la comprensión lectora, el cálculo matemático, la capacidad de concentración o combatir el TDAH. 

Pero tampoco hay que olvidar la profunda simbología que puede albergar este juego-ciencia. Siempre me ha gustado resaltar que el ajedrez, como metáfora de la vida y los valores democráticos, permite comenzar como el elemento más humilde del tablero, el peón y que el avance, la estrategia, la determinación, el esfuerzo y, también, algo de suerte pueden conseguir llegar a la meta y convertirnos en el elemento más poderoso, la dama. Incluso como ejemplo de igualdad esta reflexión funciona. 

En cuanto a las asignaturas pendientes, considero que los objetivos que ahora deberían perseguirse son continuar con la implantación del ajedrez como herramienta pedagógica en el resto de comunidades que todavía no lo han hecho (las dos Castillas, País Vasco, Extremadura, Comunidad Valenciana, Asturias, Madrid, Murcia y La Rioja, además de las ciudades de Ceuta y Melilla). 

También debería llevarse a cabo un debate parlamentario, tanto en las Cortes Generales como en las cámaras autonómicas, en el que se tratara el uso del ajedrez como herramienta de integración social y terapéutica, que es la otra gran posibilidad que ofrecen las 64 casillas al margen de los aspectos deportivos. En este sentido, Extremadura está situada a nivel mundial como la máxima autoridad al haberlo introducido en centros penitenciarios, centros de inserción de menores o rehabilitación de drogadictos entre otras muchas posibilidades.

Portada de la revista Ajedrez Social y Terapéutico a raíz de la aprobación en el Congreso de los Diputados de la PNL


Efectivamente y de acuerdo con el proverbio chino que dice que el ajedrez es como la vida, la cual cambia a cada movimiento, son muchas las cosas que todavía pueden conseguirse gracias a un tablero y 32 piezas. Prácticamente en cualquier ámbito, tal y como nos recuerda la Gran Maestra Maria Manakova: "El ajedrez es un duelo mágico como el juego de amor. Se trata de intuición, comunicación sin palabras. Un hombre y una mujer pasan una vida en común jugando una partida.Desde el primer conocimiento hasta el primer contacto, desde la primera coquetería hasta la ilusión, desde el ataque a la conquista hasta alcanzar la rotura de la resistencia." 

De momento, la iniciativa que comenzó siendo tan solo un peón gracias a la ilusión y humildad de un pequeño grupo de personas, ha conseguido convertirse en dama. Ahora tan solo falta que gane la partida. Hay buenas perspectivas. 


jueves, 10 de enero de 2019

¿SE PUEDE CUANTIFICAR EL AMOR?

En la película "Yo, Robot" (2004) protagonizada por Will Smith y basada en la obra de Isaac Asimov, hay una escena en la que una Inteligencia Artificial debe resolver un dilema moral:  tras un accidente ha de escoger entre salvar la vida de un adulto que roza las cuatro décadas de existencia, o la de una niña que apenas tiene 12 años. La decisión, para la máquina, es muy sencilla: ella solamente tiene un 11% de probabilidades de sobrevivir por las heridas que padece; él un 45%. El robot escoge salvar la vida de Smith. 



En la actualidad, existen muchísimos ejemplos similares tanto cinematográficos como basados en experiencias reales, en los que se plantean algunas de las principales cuestiones que rodean el debate sobre la IA y las nuevas tecnologías: ¿cómo podemos dotarlas de ética para que adopten sus decisiones basándose no solamente en algoritmos, sino también en la inteligencia emocional? 

La respuesta es, evidentemente, muy complicada. No solamente porque no existe una sola definición sobre lo que puede considerarse "ético" y lo que no. También comporta desentrañar  qué debemos codificar como "inteligencia emocional", ya que las teorías de Howard Gardner sobre las múltiples inteligencias por muy atractivas e interesantes que nos resulten, no han sido todavía demostradas científicamente. 

Pero, independientemente de estos dilemas, de lo que no cabe duda es que ha de existir un marco legal que regule los conflictos que se puedan generar por las aplicaciones tecnológicas que toman decisiones autónomas de este calado. Y para que exista ese marco legal, antes tenemos que dotarlo de un contenido ético y filosófico, como sucede con muchas de las leyes que se promulgan. 

Hoy en día, sabemos que los algoritmos toman decisiones por nosotros en la mayor parte de los programas que utilizamos de manera cotidiana. Tanto en las búsquedas que realizamos para planear un viaje, como en la publicidad comercial que nos aparece en los espacios virtuales. En muchas ocasiones, esos algoritmos al estar creados por humanos cometen los mismos errores que sus autores: sesgos racistas, de género, culturales, etc.

Este tipo de problemas solamente tendrán solución si una legislación basada en los principios democráticos y derechos universales marcan la senda por la que deben transitar las aplicaciones que se divulguen en adelante. Si los programadores deben atenerse a estos valores porque una ley los ha establecido como obligatoriamente aplicables, su propia ideología o creencias incidirán en menor medida en los cálculos del algoritmo. 



Si hasta ahora estos sesgos digitales se han producido, principalmente, en el ámbito comercial imaginemos los estragos que podría causar en otros aspectos cruciales de nuestras vidas. Como en el amor. 

Ahora mismo nos parece muy lejana la posibilidad de que las aplicaciones informáticas puedan decidir y escoger por nosotros a quién amamos y a quién no. Pensamos que los asuntos del corazón siguen perteneciendo a la esfera de lo estrictamente humano y que las máquinas, carentes de todo tipo de sensores o chips que sean capaces de captar un sentimiento tan especial, están en un mundo aparte. 

Sin embargo, la ciencia ha comprobado ya que hay determinados parámetros relacionados con el mundo de lo sentimental que sí pueden medirse: la cantidad de oxitocina y vasopresina que segregamos en nuestras relaciones amorosas, por ejemplo. Es decir, el modo en que hormonamos hombres y mujeres ante alguien que nos gusta. 

Imaginemos una aplicación capaz de medir el nivel de esas hormonas junto con otros factores como la afinidad cultural, la simetría en gustos cotidianos, la edad, la salud, etc. Al igual que en el capítulo de la serie de Netflix Black Mirror: "Hang the DJ.", donde una aplicación de citas hace un cálculo sobre la semejanza entre parejas potenciales para determinar sus posibilidades de éxito. 



¿Realmente en el supuesto de que existiera algún día un programa semejante estaríamos dispuestos a permitir que una decisión tan importante estuviera en manos de algoritmos sin control legal o ético alguno? ¿Cómo condicionaría previamente nuestra decisión final, el que una aplicación estableciera de antemano si esa persona que tanto nos gusta (sin que podamos explicarnos por qué) y creemos el amor de nuestra vida no es compatible con nosotros?

No podemos todavía cuantificar el amor hacia nuestros semejantes, afortunadamente, y quizás nunca podamos hacerlo. Cuando le decimos a alguien "Te quiero mucho" solamente sirve para que la otra persona se haga una idea aproximada, pero resulta imposible medir ese amor en términos cuantitativos. Quizás la pregunta que debamos hacernos también es, si pudiéramos: ¿querríamos hacerlo? ¿estaríamos preparados para posibles comparaciones entre amantes, padres, hijos o hermanos? 

Desde el ámbito de la reflexión filosófica sobre este asunto, aunque Platón en "El banquete" nos habla de los diversos tipos de amor que existen y que Confucio nos recuerda que por muy lejos que el espíritu vaya, nunca irá más lejos que el corazón, este texto debe acabar del mismo modo que ha comenzado: con una referencia cinematográfica. 


La escena de "Interstellar" entre la Dra. Brand (Anne Hathaway) y Cooper (Matthew McConnaughey) en la que hablan sobre las capacidades del amor por encima de consideraciones científicas, que se sintetiza con la siguiente frase: "El amor es lo único que somos capaces de percibir que trasciende las dimensiones del tiempo y del espacio”.



viernes, 14 de septiembre de 2018

ADIÓS A LAS AULAS

Como si de un serial por entregas se tratara, estos días asistimos al goteo de noticias que varios medios de comunicación publican en relación con la tesis doctoral del Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez

No creo que sea necesario a estas alturas recordar que el actual furor revisionista de títulos académicos se inició con el "Caso Cifuentes", cuya tramitación ha deparado después la posible investigación por el Tribunal Supremo de Pablo Casado y la dimisión de la ex ministra de Sanidad, Carmen Montón, ambos por hechos con algunas similitudes y ciertas diferencias.

Que los medios ABC y OKDiario hayan sido ya condenados en anteriores ocasiones por sus prácticas periodísticas, no es motivo suficiente para desechar, a priori, la posibilidad de que se hubiera podido cometer alguna irregularidad en la tramitación del título académico del máximo dirigente del país. 

Sin embargo, a medida que la "información" que estos dos rotativos se iba poniendo en cuestión por otros grupos de telecomunicación, la acusación hacia Sánchez mutaba para finalizar, en el momento en que se escriben estas líneas, en un intento de desprestigio intelectual contra el tribunal que lo había evaluado y el propio contenido de la tesis en sí. 

Recuerda este episodio, aunque de menor importancia, a las guerras mediáticas que originó el juicio del 11-M, cuyo punto álgido fue la batalla librada por el "caso del informe del ácido bórico". Ya en aquel entonces se pudo comprobar que la "información" tiene ideología y que poco importaba presentar especulaciones o valoraciones como hechos contrastados, si servía como combustible con el que seguir manteniendo la maquinaria de combate en marcha. 

El tiempo y los tribunales pusieron las cosas en su sitio en aquel entonces demostrando que no había habido participación alguna de ETA en aquel atentado. Pero, como en cualquier otra guerra, hubo víctimas colaterales que pagaron facturas. 

Una de ellas fue la ya de por sí erosionada credibilidad de los políticos, todavía muy lejos en 2006 del momento que vivimos actualmente. Otra afectada por aquellos manejos fue la Administración de Justicia, cuando se puso en duda la instrucción del sumario a cargo del juez Del Olmo, entre muchas otras cosas. Y, por supuesto, la ética periodística, que dejó momentos tan sonrojantes como las entrevistas del diario El Mundo pagadas al delincuente Emilio Suárez Trashorras para que implicara al Gobierno del PSOE en una supuesta trama de ocultación. 

Ahora, sin embargo, no solamente está en juego hacerse con el control del tablero político, sino que la credibilidad del sistema educativo universitario se está viendo resquebrajada por la deriva que están tomando los acontecimientos. 

Con ello no me refiero a las investigaciones en torno al método de otorgamiento de títulos del Instituto de Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos, que podrían acreditar la comisión de ilícitos penales en el caso de Cifuentes y Casado. Sino que me preocupan particularmente las opiniones reflejadas en diversos foros sobre la escasa preparación de los miembros del tribunal que aprobó la tesis de Pedro Sánchez, la supuesta ligereza con la que se otorgó la calificación de Cum Laude o la falta de control del contenido original de los trabajos a cargo de los propios centros. 

Naturalmente, se puede valorar cualquier cuestión sometida a la opinión pública e incluso hacerlo con dureza. Forma parte del escenario político al que, como es sabido, se viene a actuar habiendo "llorado en casa". 

Pero cuando se trata de apreciaciones que ponen en entredicho métodos y estructuras del sistema universitario, entiendo que se debe ser cauto, mucho. Sean centro públicos o privados, como en este caso. 

Porque nadie excepto los presentes aquel día puede apreciar cómo defendió su tesis Pedro Sánchez ante el tribunal y se sometió a las cuestiones que le planteaban. Fase esta, la defensa ante el tribunal, que supone un porcentaje muy importante de la calificación que después se concede al deponente. 

Del mismo modo que cuestionar la preparación de los componentes del tribunal supone, a su vez, cuestionar sus titulaciones y, en consecuencia, volver a poner sobre el tapete el método y centros donde estos fueron examinados y obtuvieron sus méritos académicos. 

Por último, la discusión sobre lo que debe ser considerado plagio o no llevada hasta el extremo al que algunas voces la están elevando, conllevaría la revisión de cientos, miles de titulaciones, con los mismos criterios aplicados que a este supuesto. Algo impensable por los impedimentos logísticos y humanos que eso supondría. 

Debe ser la doctrina académica y jurisprudencial la que determine lo que debe ser considerado plagio a diferencia de lo que no con la ayuda de la tecnología existente, pero no desde luego los púlpitos mediáticos y virtuales a los que poco parece importarles el descrédito que se está infligiendo a la universidad española, si con ello se cobran una pieza de caza mayor como el presidente. 

Mientras tanto, no son pocos los estudiantes y titulados que se preguntan si el día de mañana deberán mostrar sus calificaciones universitarias y sus logros en sus currículums o, por el contrario, cuanto más sencillos y escasos estos, mejor. El mundo al revés. 

martes, 24 de octubre de 2017

¿INDEPENDENTISTAS DE IZQUIERDAS?

Los anhelos de independencia de cualquier persona manifestados desde el respeto, la tolerancia y en el marco de una sociedad democrática, son tan legítimos como otros cualquiera. Sé que es una obviedad, aunque era necesario decirla.

Pero, en mi opinión, existe una incoherencia entre un discurso independentista y las demandas de las formaciones que dicen situarse en el lado izquierdo del tablero político. Porque hay elementos de uno y otro concepto que se repelen mutuamente.

Comprendo que un partido conservador como el PDECat acoja sin problemas argumentaciones de carácter soberanista. Dentro de su concepción elitista de la sociedad, no hay problema alguno en traspasar esa visión a un escenario en el que los catalanes merecen separarse del resto de España, porque son “mejores” (la España “subsidiada” vs la Cataluña “productiva” según sus propias palabras).

Incluso la idea de que hay dos tipos de catalanes, los que son “auténticos” (independentistas o soberanistas) y los que no lo son (el resto), encaja como un guante en esa dialéctica. Como resume el famoso tuit de, en aquel entonces CIU, animando “a los de casa” a ir juntos (10 de enero de 2015).



Todo ello es lógico en una formación de estas características que también extrapola estos pensamientos al área económica y social.

Pero resulta incomprensible que formaciones políticas que dicen ser de izquierdas, sean capaces de enarbolar un discurso que ampare reivindicaciones independentistas. Por varios motivos, además.

El primero de ellos es que la defensa de los derechos que pretenden como partidos de izquierdas no es una defensa únicamente válida para un territorio en concreto, sino que esos valores y derechos tienen un carácter universal. Porque las reivindicaciones laborales, sociales, sanitarias o educativas no entienden de países o fronteras, sino únicamente de personas.

Es decir, que para la izquierda la “patria”, “nación”, “país” o “Estado”, no son necesariamente fronteras terrestres, marítimas o aéreas. No son trapos de colores o grandes empresas y negocios. Son los menores, los trabajadores y empresarios sin recursos suficientes, los soldados y personas sin empleo, las personas dependientes. Y sus derechos y reivindicaciones son las de todos nosotros. Porque la pretensión que persigue de una mayor justicia social e igualdad es universal.



El segundo motivo es que en toda ideología que consista en glorificar unas características propias diferenciadoras de una determinada región por encima del resto, subyace el estrato de un discurso elitista (como el del PDECat). Y lo cierto es que, de momento, aunque Cataluña sigue formando parte de España, en el mensaje soberanista muchas veces se contraponen las bondades de los catalanes respecto a las de “los demás”. Incluso en el ámbito de la corrupción se ha utilizado este recurso por parte de la izquierda independentista catalana, puesto que aceptan gobernar con un partido que ha tenido que cambiar su nombre por sus problemas de corrupción (¿los corruptos catalanes son menos corruptos?).

Un discurso que va absolutamente en contra de otras reivindicaciones clásicas de la izquierda, empezando por el concepto de solidaridad entre regiones, el cual desvirtúan cada vez que justifican la separación del resto del país por motivos económicos. Igualmente sucede con la igualdad de oportunidades, por pensar que los catalanes merecen un destino mejor que el resto de ciudadanos que han tenido una historia común con ellos.

Y ahí están ERC, la CUP y otras formaciones menos numerosas, tratando de justificar lo imposible. Exponiendo su propuesta independentista y disfrazándola con la dicotomía de una pobre Cataluña supuestamente aplastada por una España abusona, llevando el maniqueísmo a extremos increíbles. Ya ni siquiera se esfuerzan en aparentar una dialéctica de izquierda/derecha, pues hace tiempo que el eje es España/Cataluña y lo saben perfectamente.

Y todo a los pies de un PDECat líder del proceso. Amparándolo, permitiendo la subsistencia de un político como Mas hasta hace poco o ahora Puigdemont, cuyo partido ha recortado derechos sociales y sanitarios en Cataluña ante las narices sin olfato de los soberanistas supuestamente progresistas.



Anteponiendo, en definitiva, la necesidad de separarse del resto con el sofisma de que “solos nos irá mejor que con estos”. Sucede que muchos de “estos” son también catalanes o españoles que desean que a Cataluña le vaya mejor sin necesidad de rupturas y, entre ellos, muchos también de izquierdas. 


Pero eso les trae sin cuidado.

lunes, 16 de octubre de 2017

MI PATRIA: MIS DERECHOS Y LIBERTADES

Resulta imposible abstraerse estas últimas semanas del debate identitario o patriótico que se ha instalado en todos los foros virtuales y medios de comunicación. Hemos percibido su huella en el deporte, las tertulias de ocio, las conversaciones de barra o los asuntos familiares incluso.

Los efectos colaterales del procès en Cataluña se expanden a una velocidad pasmosa y no son pocos quienes, al sentir esa flamígera llamada en sus corazones, se aprestan a manifestar cuán españoles o catalanes, o vascos, o calagurritanos se sienten. 

Las banderas ondean en balcones y las fotos de perfiles en las redes sociales, mientras comercios asiáticos y vendedores ambulantes hacen su particular agosto, encantados con el fervor nacionalista imperante.

Sucede, sin embargo, que existe una parte de la sociedad en la que me incluyo, a la que aquello de saltar coreando "Yo soy español, español" o derramar una lágrima mientras suenan los primeros versos de "La Balanguera", no nos llama particularmente. No sentimos que definirnos como "españoles", "mallorquines" o cualquiera que sea la región en la que vive el lector sea algo que responda satisfactoriamente a nuestra perspectiva sobre estas cuestiones.

En algunos casos, porque consideramos el mundo en que vivimos como un todo en el que las diferentes culturas son un elemento de diversidad que nos enriquece al intercambiarlas, no un objeto arrojadizo con el que batallar para decidir cuál es superior. También porque los derechos y libertades en los que creo representan valores universales. Y no son patrimonio exclusivo de un determinado Estado, nación o expresión cultural. Aun así, respeto las sensibilidades diferentes a la mía, siempre que no sean excluyentes o impositivas.

Existen también otras razones por las que más personas sentirán esa desubicación respecto  al concepto de nación, patria o país  y todas ellas tan legítimas como las que he enumerado: desapego social, falta de referentes, desarraigo, etc.




Ocurre, no obstante, que todas las personas que habitamos el planeta debemos pertenecer de un modo u otro a una organización política y administrativa que varía en su nomenclatura y sus características según la latitud geográfica, pero que finalmente mantiene un nexo, querido o no, entre sus integrantes. Un Estado, un país, una república, una monarquía...

Ese ente político-administrativo incluye a los que se muestran orgullosos de pertenecer a él, a los que desean formar el suyo propio partiendo de un fragmento del mismo, a los que son capaces de compaginar la querencia al todo y a la parte y a los que no nos sentimos cómodos con el concepto de identidad nacional en ninguna de sus variantes, centrífuga o centrípeta, pero que reivindicamos el amparo y la garantía de derechos y libertades básicos.

Pues bien, ante semejante escenario nos encontramos ahora mismo por primera vez desde su promulgación con una propuesta de los principales partidos del hemiciclo para reformar la Constitución de 1978. Una tarea que se antoja titánica ante la diversidad de opciones que se barajan, muchas de ellas contradictorias. Pero también lo fue en aquel entonces y se pergeñó un texto que ha sido el eje vertebrador de los derechos en este país durante 40 años. Y con un apoyo social y político como nunca ha vuelto a tenerlo ningún otro texto legal que se haya consultado directamente a la ciudadanía. 

Ante esta magnífica oportunidad de cambiar las reglas del juego desde la legalidad, me parece particularmente oportuno sugerir o recordar que puede haber una forma, una idea o ideas, que, si bien no contenten a todos los implicados (imposible en cualquier ámbito de la vida), sí resulten suficientes para forjar el habitáculo que nos pueda albergar conjuntamente.

Son muchas las mentes brillantes que las han considerado en los últimos 100 años, pero quiero destacar dos particularmente por su claridad en la forma de exponerlas: Ortega y Gasset y Jürgen Habermas.



El genio madrileño acuñó la expresión "Entusiasmo constructivo" para definir el ánimo que debía anidar en los corazones y cabezas de quienes tenían que afrontar la transformación del país. Estas fueron sus palabras al respecto: "Este debe ser el supuesto común a todos los grupos republicanos, lo que latiese unánimemente, por debajo o por encima de todas nuestras otras discrepancias; que nos envolviese por todos los lados como el aire que respiramos, y como el elemento de todos y propiedad de ninguno. La República tiene que ser para nosotros el nombre de una magnífica, de una difícil tarea, de un espléndido quehacer, de una obra que pocas veces se puede acometer en la Historia y que es a la vez la más divertida y la más gloriosa: hacer una Nación mejor". (El subrayado es mío)

Ortega se refería a que la citada República debía ser la mejor expresión de derechos y libertades que respondieran a las necesidades de todas las partes implicadas, de modo que el motivo de orgullo no fuera una determinada región, o enclave, o elemento cultural, sino la suma de todos esos derechos y libertades, algo con lo que cualquiera pudiera sentirse identificado de una manera grata, sin necesidad de enarbolar identidades con las que fomentar movimientos contradictorios. 

Bastantes años después, Habermas a partir de su obra "Identidades nacionales y postnacionales" (1989) y en otras posteriores, se pronunció en términos semejantes, al promocionar y desarrollar el concepto que el político y periodista alemán Dolf Sternberger había ideado: el "Patriotismo Constitucional". 




Su génesis parte de la voluntad de superar los estigmas que el nazismo había dejado en el sentimiento patriótico de la Alemania de posguerra, dotándolo de un contenido democrático. Pero después evolucionó hacia algo más universal y profundo: habiendo detectado las deficiencias y contradicciones que esconde el concepto de "nación" y con el ánimo de superarlo, surge de la concepción de una sociedad democrática participativa, en la que el establecimiento de derechos, libertades y garantías se erige como la verdadera "patria" a la que defender y con la que identificarse.

Veamos qué dice el filósofo germano en su obra (página 102): "Las tradiciones nacionales siguen acuñando todavía una forma de vida que ocupa un lugar privilegiado, si bien sólo en una jerarquía de formas de vida de diverso radio y alcance. A estas formas de vida corresponden, a su vez, identidades colectivas que se solapan unas con otras, pero que ya no necesitan de un punto central en que hubieran de agavillarse e integrarse formando la identidad nacional. En vez de eso, la idea abstracta de universalización de la democracia y de los derechos humanos constituye la materia dura en que se refractan los rayos de las tradiciones nacionales —del lenguaje, la literatura y la historia— de la propia nación."

Se trata, por tanto, de la reivindicación "patriótica" de esos derechos y libertades que, aun siendo capaces de proteger e integrar las distintas sensibilidades nacionalistas que cohabitan un determinado espacio geográfico y social, se alzan por encima de éstas como el nexo que iguala a todos sus habitantes a pesar de sus diferencias culturales. 


Es una idea que, por su propia naturaleza, no entiende de fronteras o aplicaciones limitadas. Tan válida es para España como para la propia UE, o cualquier otro país o agrupación de Estados. No precisa de un origen histórico o étnico en común o de una afinidad cultural inmensa, sino que son los propios valores constitucionales, de carácter democrático y universal, los que constituyen la razón de pertenecer al Estado o supranacionalidad que los acoge.  

Quizás si somos capaces de superar y  arrinconar las ansias de destrucción mutua que algunos elementos de ambos extremos se profesan, podamos vislumbrar en los próximos años el nacimiento de una nueva carta de derechos y libertades que dé respuesta a las reivindicaciones de muchos ciudadanos que somos capaces de respetarnos y convivir, independientemente del idioma que hablemos y de la cultura que profesemos, defendiendo y comprendiendo el derecho del prójimo a hacerlo. Nunca es tarde para evitar una tragedia y siempre estamos a tiempo para dialogar y tratar de mejorar el mundo en que vivimos.  


viernes, 4 de marzo de 2016

CUANDO LLEVAR CORBATA ES ANTISISTEMA

Hace unos meses un amigo mío puso una foto en su muro de Facebook en la que figuraba él vestido con rigurosa americana oscura y camisa blanca impoluta, junto al actual entrenador del Rayo Vallecano, Paco Jémez, quien aparecía con un atuendo bastante más casual. 

"Estás hecho un dandy", le señalé mediante un comentario a pie de foto. "No, Pablo", me dijo y añadió, "En Vallecas, los "currelas" somos los únicos que salimos vestidos de manera elegante, porque los que tienen pasta de verdad no necesitan vestir así." Me pareció una observación inteligente, en consonancia con la opinión que me merece él como persona.

Pero lo cierto es que al cabo de unos días no volví a pensar en ella, hasta que en la constitución del hemiciclo en la presente legislatura el debate sobre el aspecto de los nuevos diputados saltó de forma masiva a los foros de opinión. Entonces recordé las palabras de mi amigo. Y eso me indujo a una reflexión algo más profunda que he decidido plasmar hoy aquí.

En un principio, hay una circunstancia que a todas luces resulta obvia, como lo es que cualquier parlamentario es libre de escoger las ropas con las que ejercer su cargo. Tan diputado o senador será vestido de impecable traje, como en mangas de camisa atendiendo a un medio o ciudadano por correo electrónico un domingo en su casa.

No obstante, hay quienes pretenden establecer una confrontación entre lucir un aspecto casual que supuestamente los emparenta con la ciudadanía más humilde, que calzarse traje y corbata, más acorde con las élites económicas y financieras.

En mi opinión no hay nada malo en acudir vestido de forma sencilla al Congreso de los Diputados. La labor parlamentaria no se verá afectada en absoluto por ello y desde hace años hay precedentes que confirman empíricamente esta afirmación. Sobre todo si se mantiene la misma coherencia en otros ámbitos de la vida. 

Pero para mí constituye un error hacerlo con el objeto de establecer una distancia con quienes, fieles a la tradición, van a la cámara baja con la convencional corbata o traje: es decir, para diferenciarse de lo que creen que representan los demás. 

Porque eso conlleva un mensaje excesivamente maniqueo, del tipo "esos son los malos, que visten así de elegantes, porque los buenos somos más sencillos y humildes". Ese mensaje está cargado de toda una suerte de simbolismos que no siempre encuentran justificación en la razón y sí en la agitación de viejos conceptos ya superados. 




Hace muchas décadas la mayor parte de la población no podía costearse un traje o un vestido "formal". Eso estaba al alcance tan solo de las personas que podían pagarlo, que eran muy pocas. En aquel entonces, la voluntad de identificación con esa masa social mayoritaria bien podía reflejarse en la negativa a lucir corbata o americana. 

En la actualidad, la mayor parte de trabajadores asalariados en restaurantes, centros comerciales, aeropuertos, hoteles, bancos y la inmensa mayoría de negocios, viste americana y, en muchas ocasiones, corbata. Del mismo modo que es muy habitual observar a magnates, altos directivos y representantes célebres del mundo cultural lucir el atuendo más casual posible. Las famosas bermudas rojas del fallecido Emilio Botín o las barbas hipster (antes marxistas) son buena prueba de ello.



De modo que se da la cómica paradoja de que quizás hoy en día vestir de manera sencilla con la voluntad de representar a un estamento social, significa hacerlo más bien por la parte de los más poderosos. Como broma se puede decir que llevar corbata hoy en día en el Congreso es más antisistema que no llevarla.

En cierta manera, entronca perfectamente con la teoría del "elitismo invertido" de Daniel Innerarity, el cual denuncia que para combatir a "la élite", se necesita de la construcción de otra: la élite popular. Concepto este del elitismo popular que, por supuesto, es lo suficientemente genérico y flexible para los usos que sean necesarios.

La utilización de la imagen estética ha sido manejada desde tiempos inmemoriales para lanzar un mensaje determinado. El problema es que los conceptos no siempre han permanecido inalterables y lo habitual, como suele ocurrir en nuestra Historia, es que lo que antes significaba algo determinado, pueda reflejar lo contrario al cabo de un tiempo. 

Bien lo sabían los punks primigenios de los 70, quienes también buscaban la imagen de la provocación vistiendo en ocasiones corbatas y americanas junto con un mensaje vagamente nihilista y supuestamente antisistema. Duró lo suficiente hasta que su uso en muchas de esas bandas fue tan convencional que ya no servía a su propósito. Se había institucionalizado.




A mí, personalmente, me gustaba acudir a los plenos con traje y corbata. Constituía una suerte de uniforme de trabajo que tampoco me era ajeno por mi condición de abogado. No pienso que me hiciera ni mejor ni peor, pero me gustaba la idea de que, de alguna manera, un aspecto tan "oficialmente" formal constituía a dignificar lo que para mí era la ocupación más importante que he desempeñado. Que no era otra que confeccionar las leyes que después se aplicarían a decenas de millones de personas. 

Por supuesto, como ya he afirmado, mi labor hubiera sido exactamente igual vestido con mis habituales camisetas de los Ramones o Motörhead, que suelo ponerme cuando estoy en casa o durante el verano. Pero me gusta la idea de que si para determinadas actividades nos ponemos el uniforme "adecuado", incluso para salir a cenar o acudir a una boda, porqué no hacerlo también para trabajar.

La imagen casual solamente tiene su razón de ser cuando es auténticamente casual, algo que casi nunca suele suceder. Cuando la misma es buscada de manera voluntaria y enfatizándola ante el aspecto de los demás, se convierte en un uniforme más, como cualquier otro. No más humilde, ni más criticable. No es mejor, ni peor. Tan solo otro disfraz más. 

Por otra parte, como ya he afirmado repetidas veces, vestir de una determinada manera no nos hace peores ni mejores. Por lo que no es válido descalificar a las personas en función de su aspecto. 

Por ese motivo, jamás podré estar de acuerdo con la supuesta superioridad moral que emana de quien se sitúa por encima de los demás en función de su imagen. Y he sufrido esa discriminación en los dos sentidos: cuando vestido de traje y corbata he apreciado miradas de desdén por parte de personas de aspecto más sencillo y a la inversa.

Y, por la misma razón, el mensaje de que hay que vestir como "el pueblo" (otro concepto genérico y que no representa, en realidad, a nadie) porque éste es mejor que los que le han representado hasta ahora, es demagógico.

Todos deseamos ser representados por los mejores. Pero estos pueden ir perfectamente enfundados en un traje de Ermenegildo Zegna, como hacerlo en un bañador de Carrefour. Lo que no puede pretenderse es descalificar con el tópico habitual de las clases dirigentes con traje, puro y sombrero de copa para sustituirlo por el de las clases humildes con ropa de saldo como las verdaderamente idóneas para gobernar el país.

La estética y la moda son un foco de vanidad y frivolidad del que muy pocos pueden abstraerse en la realidad. Pero al menos que estén desprovistas al máximo de prejuicios y de ideología. Que solamente nos pongamos ese traje negro azabache o esos pantalones de cuero sencillamente porque nos gustan y nos hacen sentirnos bien y más cómodos con lo que hacemos, no porque nos hacen creernos mejores que los demás.

Incluso es posible vestir con vaqueros y camisa en el Congreso de los Diputados y acudir a los Premios Goya con esmoquin. Pero estaría bien hacerlo con un discurso coherente al respecto. Lo demás, denota postureo.