lunes, 16 de marzo de 2015

SI LA VIDA FUERA UN VIDEOJUEGO

A menudo me gusta pensar cómo sería la vida si transcurriera exactamente igual que en los videojuegos. 

Me fascina la idea de que pudiéramos volver atrás cada vez que cometiéramos un error y comenzar de nuevo la partida, con la barra de energía bien cargada y todas las herramientas preparadas. Porque de esta forma sabríamos dónde se esconden los obstáculos, los enemigos que nos acechan y  dónde están los tesoros ocultos. 

Tendríamos más tiempo para poder conocer a las personas mejor y saber cuáles valen la pena y con cuáles es mejor no cruzarse. Trataría de hacerlo bien donde lo he hecho mal e intentaría dejar alegría donde he generado tristeza.  

Y, si tan solo quisiera tomarme un pequeño descanso, apretaría el botón de pausa para luego continuar tranquilamente sabiendo que todo va a permanecer en el mismo lugar.

Sería genial poder afirmar: "Hoy voy a pasarme este día con un perfect".


Si la vida fuera como un videojuego, podríamos curarnos de las enfermedades comiendo setas y hongos que se cruzan con nosotros por la calle. Nos haríamos más grandes, más fuertes y nuestra salud se recuperaría sin depender de nuestra capacidad económica, de la codicia de las compañías farmacéuticas, ni de quienes hacen un negocio a costa de la salud de los demás. 



En mi vida, si fuera como en un videojuego, cargaría todos los trucos y pokes que pudiera para tener vidas, salud y dinero infinitos. Se lo aplicaría a las personas que quiero para que pudiéramos estar juntos sin más preocupaciones que cómo empleamos el tiempo sin límite del que disponemos. No tendría que sufrir por su pérdida y, si discutiéramos, podríamos hacer las paces siempre que quisiéramos. 

Aprovecharía para viajar por el espacio con naves increíbles que van más allá de la velocidad de la luz y volvería después para contar lo que he visto, como el replicante Nexus 6 de Blade Runner.

Podríamos editar el mundo y sus escenarios a nuestro antojo. Así, cuando ya estuviéramos cansados de ver siempre el mismo desierto o las mismas montañas, lo modificaríamos para que el día fuera la noche o la noche el día. Que donde antes había tierra hubiera agua, o que donde había arena hubiera selva. 

También podríamos cambiar nuestro aspecto y usar por un día (o los que quisiéramos) peinados imposibles, largas barbas y ropas estrafalarias.



¿Qué haría si la vida fuera como un videojuego? Un día sería Messi, para saber cómo se siente cada vez que corre con el balón pegado a los pies mientras cien mil gargantas aúllan su nombre. Al siguiente, sería un luchador de artes marciales. Daría patadas voladoras a cinco metros de altura y volteretas hacia atrás como si nada. 

Cuando me cansara me convertiría en piloto de caza; o capitán de submarino; o en un cyborg gigante. Quizás sería PacMan durante un tiempo, para que los fantasmas me persiguieran hasta que comiera fruta y pudiera perseguirlos yo a ellos. 

Eso sí, nunca elegiría ser una pieza del Tetris. Lo de estar girando sobre mí mismo constantemente para tratar de encajar lo mejor posible con otras piezas no me acaba de convencer...;-)



Si la vida fuera un videojuego, el amor sería algo casi perfecto, indestructible y eterno. Pero antes deberíamos rescatar a nuestros seres queridos de la guarida de un malvado dragón, del local de un gángster o de las garras de la propia muerte. 

Aunque la recompensa sería enorme, porque sería el pasaporte a una vida feliz para siempre jamás, en la que bellos atardeceres junto al mar contemplan a la pareja, ensimismada mientras una emotiva melodía acompaña la bucólica escena.




Por todo eso y muchas cosas más, a veces uno desearía que la vida fuera como un videojuego en el que nosotros controláramos el mando y no fuéramos el títere de nadie. Para poder ser, en definitiva, más divertidos, más originales, más imaginativos. Mejores. 

Porque no puede haber nada mejor que ser el dueño de tu propia realidad y conseguir modificarla y vivirla como a ti te gustaría, y no solamente con el personaje que nos han asignado que, aunque sea bueno, no lo hemos elegido y tiene sus limitaciones. 

Así jugaríamos todos. 

sábado, 31 de enero de 2015

CULPABLES DE SER INOCENTES

En 1995, el filósofo francés Pascal Bruckner escribió su obra "La tentación de la inocencia". Se trata de un ensayo en el que el pensador galo, entre otras cuestiones, desdeña la corriente vigente en nuestra sociedad por la que tendemos a desproveernos de cualquier responsabilidad ante los problemas. Sostiene que esta actitud se sustenta en dos "enfermedades" contemporáneas: la infantilización y el victimismo. 


Así pues, la dificultad que entraña ser libres y dueños de nuestras decisiones, opiniones y (afirma él) nuestro destino, nos abruma y escapamos de las consecuencias que comporta. De la responsabilidad de nuestros actos. Actuando como si fuéramos niños a los que todo está permitido o bien como mártires




Hace unos días conversaba con unos amigos sobre la situación de Grecia tras la reciente victoria de Syriza. Todos estábamos de acuerdo en que las medidas de austeridad que habían impuesto la UE, el BCE y el FMI habían sido excesivas y contraproducentes. Cuando debatimos sobre el origen del estado precedente del país heleno y cómo habían llegado a ese contexto, ya no hubo unanimidad. Al menos no en todos los aspectos. 


De nuevo coincidíamos en que la mayor parte de la culpa les correspondía, por motivos obvios, a los dirigentes griegos que habían falsificado su situación contable, así como habían permitido auténticos dislates con prestaciones sociales mediante. Pero algunos opinábamos que había una parte de la responsabilidad, menor, pequeña, aunque real, que correspondía a algunos ciudadanos. 

Poco importaban los datos y los argumentos. Desde la existencia de un fraude fiscal de más de 20.000 millones de € anuales que, aunque en su mayor parte se genere por las grandes fortunas y empresas (como en España), también se podía imputar una porción de autoría a ciudadanos menos pudientes (como en España). Hasta la connivencia de todos los que percibían salarios desorbitados y prestaciones increíbles de jubilación anticipada o por otros conceptos bastante marcianos. Pasando, finalmente, por la necesaria complicidad de los que habían seguido votando hasta los recientes comicios a los dirigentes que habían creado y consentido todos estos desmanes. 


Para esos amigos no existía ni un ápice de responsabilidad que pudiera ser achacada a los ciudadanos griegos en la generación del estado de bancarrota de su país. Naturalmente, en  su concepto de ciudadanos no cabían los empresarios poderosos, ni los que forman parte de estamentos "superiores" como el ejército o los religiosos. Nada. Todo era culpa de los políticos, aunque admitían que no de todos. 


Es un concepto ciertamente romántico, una idea sugerente, tentadora. Pensar, por ejemplo, que los 253.000 millones de € que en España cada año escapan al control fiscal según GESTHA  solamente corresponden a los peces gordos, a Messi y a otros potentados, es muy reconfortante. Porque nos permite evadir el análisis sobre quienes nos rodean y, sobre todo, de nosotros mismos. 




La culpa la tienen los gobiernos, que no hacen nada o muy poco para combatirlo, piensan muchos. Lo de las facturas sin IVA, las descargas ilegales y otras naderías similares y que, según el Instituto de Estudios Fiscales, más de la mitad de los españoles justifique el fraude fiscal poco importa.


Otro tanto sucede con nuestras elecciones personales. Las llevamos a cabo muchas veces por motivos que responden más a otras cuestiones que a la razón. Desde el delegado de la clase que apoyábamos porque es "mi amigo" sin importar si era una persona trabajadora y con capacidad para representar los intereses de los alumnos, hasta los representantes en el comité de dirección o ¡sorpresa! los políticos electos. 


No digo que todos lo hagamos siempre así. Afirmo que muchas veces sucede. Y luego nos desentendemos completamente de esa decisión, algo que queda reflejado en las encuestas según las cuales un porcentaje mucho menor de ciudadanos reconoce haber votado al PP en noviembre de 2011, de los que en realidad lo hicieron.


Así, en muchas ocasiones, se elige a un representante no porque sea el más capacitado, el más preparado, el que tiene más carisma o el, sencillamente, más indicado. Se elige porque es "de los nuestros", o porque es el único que puede garantizar la vigencia de nuestro estatu quo, o porque el otro nos cae mal porque un día no nos saludó en un acto, o cualquier otro motivo similar. 


Es decir, cuando apoyamos a alguien a sabiendas de ser una opción menos adecuada, pero aún así aceptamos hacerlo. Algo que cualquier persona que lleve un tiempo militando en la política sabe que sucede, pero que no es ajeno tampoco a otros ámbitos de nuestras vidas.


Luego, cuando vienen los desengaños, las decepciones, las derrotas o las contradicciones, muchos no recuerdan o no quieren hacerlo, que si esa persona había llegado hasta allí es porque ellos y muchos otros como ellos contribuyeron con su pequeña aportación personal a ponerlo. 


Y no me refiero a las personas que no cumplen las promesas que habían formulado, motivo lógico para desentenderse de ellas. Sino al que es incapaz de comunicar bien; o tiene una alarmante falta de preparación y conocimientos sobre la materia; o desprende menos carisma que un cepillo de dientes. Todas ellas características conocidas de antemano.


Naturalmente, no pretendo que nadie lea estas líneas y después haga un ejercicio de contrición, reflexionando durante horas con el Agnus Dei del Réquiem de Mozart sonando, mientras está sentado en la oscuridad en el sofá de su casa. 


Solamente quiero manifestar mi convicción sobre la necesidad de comprender que todos nuestros actos conllevan consecuencias, responsabilidades, en cualquiera de las esferas en las que los adoptamos. Y que de ese reconocimiento y asunción de responsabilidad sobre los mismos puede generarse la semilla de la rectificación para no volver a cometer los mismos errores de nuevo. Porque la tentación de la inocencia sobre ellos es un lujo que no podemos permitirnos y del que debemos alejarnos sin demora alguna. 


Nada mejor que cerrar este texto con una referencia al inicio del mismo. Concretamente, la frase con la que se abre el libro de Bruckner, del escritor francés Louis Ferdinand Céline

"Todos los demás son culpables, salvo yo."

martes, 20 de enero de 2015

LA POLÍTICA CUÁNTICA Y LA TEORÍA DEL TODO

Me fascina todo lo relacionado con la física cuántica o mecánica cuántica. Desde lo irracional para nuestro limitado intelecto de algunas de sus premisas, hasta las posibilidades que emergen de las mismas. Por ejemplo, que una partícula (un electrón) pueda estar en dos lugares al mismo tiempo es, sencillamente, prodigioso. A esto se le denomina "estado de superposición" y, como es lógico, choca frontalmente con los principios de la física tradicional. 


Ocurre, sin embargo, que el estado de superposición tiene su némesis en el "principio de la medida". Según el mismo, desde el momento en que situamos a "un observador de electrones" para que compruebe por dónde "pasan" estos, las capacidades cuánticas desaparecen y entonces el electrón pierde el don de la ubicuidad. 




Banalizando aún más esta explicación, podríamos decir que los simpáticos electrones son unas partículas elementales tan excepcionales como tímidas y que cuando actúan ante un público expectante de comprobar sus mágicas habilidades, se muestran recatados y "convencionales".


Otros aspecto que me apasiona de todo el tema es que la mecánica cuántica genera uno de los grandes enigmas científicos actuales y es que sus principios son irreconciliables, de momento, con la teoría de la relatividad general. Es decir, la explicación sobre lo que es minúsculo (más pequeño que el átomo) en nuestro universo no casa con la que define lo que es grande (a partir del átomo). Eso establece la paradoja, en principio, de que si una es cierta, la otra no lo es. Y para su conciliación las diversas "Teorías del Todo" que se enuncian actualmente, tratan de explicar este sorprendente acertijo.


Pero no obstante toda la perorata pseudocientífica que antecede a estas líneas, el ámbito de la política se caracteriza por haber sido el primero en demostrar que sí es posible combinar lo irreconciliable, unir el todo y la nada en uno solo, fusionar el ying y el yang: la cohabitación de las dos teorías. 


Hasta el momento, el escenario mundial de la política se había escindido en dos bloques tan básicos como homogéneos a su vez cada uno de ellos: izquierda y derecha. Había un consenso generalizado en que ambas visiones del mundo no podían coexistir al mismo tiempo y en el mismo espacio, es decir, o se era socialista, o comunista, o se era conservador y liberal, pero ambas cosas al mismo tiempo, no. 


Por poner un ejemplo más gráfico, o estás a favor de la existencia de un Estado del Bienestar y del intervencionismo del Estado en la economía, o a favor del principio según el cual los individuos deben valerse por sí mismos y la intervención de los poderes públicos debe de ser mínima cuando no inexistente. Se podía defender una cosa o la otra, pero ambas eran antagónicas y, por lo tanto, incompatibles.


Conviene no confundirse con aquellos que enunciaban su alineación en uno de los dos lados del espectro, pero llevaban a cabo las prácticas del otro, es decir, a los farsantes o prestidigitadores que solamente buscaban ganar algo de tiempo mientras hacían y deshacían a sus anchas.


Al igual que muchos experimentos científicos que se llevan a cabo sobre superficies putrefactas para observar a las bacterias que interactúan en ellas, han emergido diversas formaciones políticas al albur de la crisis que con su ejemplo han conseguido demostrarnos a todos los que todavía no hemos visto la luz que nos hallamos en la etapa de la física newtoniana, es decir, desfasados, superados.


Así pues, estas fuerzas nos han explicado que es completamente errónea la existencia de dos posiciones antónimas como son izquierda y derecha. Afirman que la ideología no existe y que TODO se puede explicar a través de una única teoría, una única verdad: la suya. 


En un alarde sin precedentes de hallazgos científicos y confirmaciones teóricas, hemos podido asistir en pocos meses a su transformación (¿un guiño al Experimento de Griffith?) de comunistas a centristas, pero también a socialdemócratas




Pero sin duda, sus capacidades cuánticas se han visto demostradas desde el momento en que han acreditado ser capaces de estar en un lugar y en otro al mismo tiempo, es decir, han sido capaces de emular a los electrones y dominar el Estado de Superposición Político. Porque hoy en día se puede ser socialista, comunista, de centro, de izquierdas y de derechas al mismo tiempo...¡y no ser nada a la vez, puesto que, recordemos, son conceptos ya superados!


Y todo ello con el más absoluto desparpajo, con los atributos taumatúrgicos de las particulas subatómicas, pero...¡aplicados en el mundo macroscópico! A formaciones políticas, personas y en medios de comunicación muy...terrenales, diría yo. Toda una proeza, sin duda, porque de esta forma, como decía, han conseguido hacer converger las particularidades de la mecánica cuántica (el estado de superposición aludido) con las de la relatividad general, que se aplican al "mundo grande" y hacerlo, además, a la vista de todos, con observadores y público, por lo que sobrepasan el principio de la medida.


Además y ya finalizo con esta última constatación, dado el brevísimo lapso de tiempo transcurrido desde la aparición de estas formaciones políticas, una de las consecuencias de la aplicación de la relatividad general es la dilatación gravitacional del tiempo, según la cual el tiempo es "relativo" y depende de la posición del "observador". 


Así, para algunos observadores y en función de su posición, su tiempo solamente acaba de iniciarse y aún les queda mucho espacio por recorrer. Otros observadores, entre los que me incluyo consideramos que al igual que sucede con algunos experimentos científicos, existen mientras se lleven a cabo prácticas en el campo de pruebas formado por la inmundicia, miseria y crisis, lugar idóneo para su análisis. Pero al igual que muchas otras bacterias desde el momento que desaparezca su lugar de cultivo, desaparecerán también ellos.

El tiempo dirá si estoy equivocado o no. Pero claro, también eso es relativo.







martes, 25 de noviembre de 2014

LOS INDOMABLES DE LA POLÍTICA

Hay una escena en la película "El indomable Will Hunting" que supone el punto de inflexión de la relación entre el malogrado Robin Williams y Matt Damon. Este fragmento hace que merezca la pena todo el visionado de la obra, porque el diálogo que declaman los actores me parece enormemente acertado, aunque hay que reconocer que funciona por sí solo, como comprobaréis. 

Me refiero, naturalmente, a la escena del parque:


Desde hace un tiempo, la escena política española se ha poblado de "indomables". Se trata en la mayor parte de los casos de perfiles técnicamente muy cualificados, con currículums académicos que contienen siempre carreras universitarias y varios másters. Una gran parte de ellos titulados en Ciencias Políticas o Comunicación, cuando no ambas. 


Se caracterizan, también, por disponer de una batería de medidas o propuestas que ponen de manifiesto cuán estúpidos hemos sido los demás al no vislumbrar lo que ellos con su supremacía intelectual han conseguido descifrar: el sancta sanctorum de la política; la piedra filosofal que permite sufragar las finanzas públicas sin límite; el cielo, según lo que quieren asaltar algunos.


Nada escapa a su omnipotencia y cualquier materia es abordada con idéntico entusiasmo y ausencia de prudencia y humildad. Si hablamos sobre el sistema bancario ellos saben lo que hay que hacer: nacionalizar a los que se porten mal; ¿Los paraísos fiscales y el fraude fiscal? Acabarán con esa lacra y fundarán una nueva sociedad de ciudadanos responsables que pagan alegremente sus impuestos, desde el mecánico del taller a los presidentes de las grandes empresas que no hayan sido expropiadas. ¿Jubilación a los 60 años? Pues claro que sí, ¿Por qué no?


Al igual que pensaba Will Hunting, las opiniones de los demás carecen de validez, sin perjuicio de su contenido, porque no somos tan espléndidos como ellos. Poco importa que esas opiniones estén fundadas en la práctica y la experiencia. En los errores cometidos, en los aciertos. Lo único que importa es que lo que ellos dicen es mejor, porque lo dicen ellos. 


Pero en mi opinión, más humilde que la de esos genios de la política y por lo tanto sujeta a crítica, su actitud es comparable a la de pretender que los libros de botánica huelen a flores solamente porque tratan sobre ellas.





Porque es muy fácil hablar sobre un incremento desorbitado de la partida para políticas sociales de acuerdo con lo que las teorías más intrépidas señalan, cuando nunca se ha gestionado un presupuesto público y se desconocen las consecuencias de hacer promesas milmillonarias sin saber cómo van a financiarse realmente.
Es relativamente sencillo afirmar que la lucha contra el fraude fiscal que tantos estudios e informes han detallado permitirá pagar todas las ideas que de las pizarras van a pasar a las instituciones; pero será porque quieres ignorar que determinadas cuestiones que no dependen de ti, como que la UE no va a eliminar los paraísos fiscales, echan a perder la mayor parte de tus previsiones de ingresos. 


Y es entonces cuando tienes que preguntarte cómo vas a poder pagar una sanidad, una educación y políticas de dependencia si la previsión de ingresos se reduce un 40% aproximadamente de un año a otro. Y te das cuenta que todos esos datos y documentos en los que se reflejan audaces propuestas solamente tienen su utilidad en un escenario económico y social diferente.


Es atractivo para muchos ciudadanos plantear tu programa electoral como un contrato civil cuyo incumplimiento supone la revocación inmediata de tu mandato. Seguro que en las aulas de las facultades de Ciencias Políticas se habrá teorizado mucho al respecto. 


Pero eso es porque nunca han tenido la ocasión de comprobar desde un gobierno, que el programa está basado en previsiones a varios años vista que dependen de multitud de factores sociales y económicos; que ni los sociólogos y economistas más preparados son capaces de garantizar esas previsiones; que cuando la realidad se empeña en variar el rumbo de las cosas es irresponsable continuar con el plan inicial; y que si eres coherente con tu "contrato" a los 6 meses de gobernar puedes tener que dejar de hacerlo. Y el siguiente igual. Y el siguiente igual.


En definitiva, que no pueden darse lecciones desde una supuesta superioridad ética e intelectual cuando se olvida que hace más de 2.500 años que Tucídides dio con una de las claves para comprender que entre hombre y hombre no hay grandes diferencias y que la superioridad consiste en aprovechar las lecciones de la experiencia. 


Que la política no es tanto lo que emana de las materias aprendidas en las facultades universitarias y grandes manuales teóricos, sino de la práctica de esas teorías sobre el escenario de la vida real y que esa práctica, a algunos, nos ha permitido comprobar cuán errónea era la teoría en cuestión. Que con muchos errores hemos conseguido algunos aciertos.

Y que en eso de practicar desde las instituciones el PSOE lleva algo más de 30 años llevándolo a cabo. Y que todavía tenemos que mejorar muchísimo, porque no somos perfectos y cometemos, como decía, errores. Pero que son precisamente los errores los que, a pesar de nuestros aciertos, nos obligan ser humildes y a no decirle a los ciudadanos lo que a todos nos gustaría escuchar, pero no es tan fácil de hacer. Por eso elegimos decir que lo que hacemos es difícil, aunque no todos nos quieran escuchar. Por eso perseveramos. Perseveramos.







  

jueves, 6 de noviembre de 2014

DEDICADO A ALFONSO GUERRA, CON ADMIRACIÓN Y HUMILDAD.

"Ser socialista es desear que nadie tenga tan poco como para tener que arrodillarse ante los demás, y desear que nadie tenga tanto como para que los demás se arrodillen ante él."

Alfonso Guerra.


Ayer Alfonso Guerra González anunció su marcha del Congreso de los Diputados tras 37 años ocupando ininterrumpidamente su escaño. El único diputado que permanece desde la lejanísima legislatura constituyente de 1977. Cualquier adjetivo sobre su figura es insuficiente para describirla. Su trayectoria es demasiado importante y su historia tan trascendente que queda muy lejos de mi limitada capacidad hacerle justicia con unas letras. Por eso quiero dedicarle este texto solamente a través de la experiencia personal que he podido acumular a lo largo de estos casi 6 años en los que he compartido espacio político con él.


La primera vez que tuve oportunidad de entablar conversación con Alfonso Guerra fue el día 10 de febrero de 2009. Recuerdo la fecha perfectamente porque era el día siguiente al de mi llegada al Congreso y eso, como cualquiera puede imaginar, no se olvida. Había decidido presentarme ante los socialistas históricos que había en el hemiciclo por una cuestión de educación y respeto y él era el primero de la lista. Así que me acerqué a su escaño y lo saludé. Inmediatamente me preguntó de dónde era y cuando le señalé mi procedencia hizo un comentario sobre la complicada situación de gobierno en la que nos encontrábamos los socialistas en Balears, demostrando que la política periférica seguía formando parte de sus intereses. 


A continuación me dijo: "Pues en menudo momento has llegado aquí tú, con lo complicadas que están las cosas y lo que lo van a estar..." Por lo que haciendo acopio de valor le susurré que era precisamente en esos momentos cuando las personas demuestran su valía. Él asintió con aprobación y no dijo nada más, por lo que di la conversación por terminada y me retiré discretamente tras despedirme.


He podido observar durante estos 6 años que el prestigio de Alfonso Guerra y su capacidad de análisis y observación permanecían intactos entre las filas socialistas. Durante nuestro mandato, por ejemplo, se le otorgó la presidencia de la Comisión Constitucional del Congreso, algo lógico además teniendo en cuenta que era el único "padre" de la Constitución que permanecía allí. No eran pocas las ocasiones en las que se buscaba su consejo cuando se organizaba un evento y necesitábamos catedráticos y expertos en determinada materia. "Pregunta a Alfonso Guerra", fue lo que escuché en varias ocasiones. 





Su presencia en las reuniones del Grupo Parlamentario Socialista generaba auténticos terremotos en las pocas ocasiones en las que decidía intervenir, consciente de su papel de referente histórico más que de político de actualidad. Y siempre sobre asuntos de la máxima importancia: la situación en Cataluña o la Ley de Sucesión, más recientemente. Podías estar de acuerdo con él o no, pero la maestría en la forma de exponer y abordar las cuestiones y sus vastos conocimientos y experiencias generaban admiración casi reverencial por él. 


"Cuando Aznar era presidente de la Junta de Castilla y León, gastó más de 400 millones de pesetas en imagen personal. Con ese dinero debería parecerse a Robert Redford...y es evidente que no lo es."

Alfonso Guerra.


Pero es evidente que su importancia no solamente se debe a haber sido uno de los partícipes históricos de la formación de este país tal y como lo conocemos desde la desaparición de la dictadura. Su ingenio para atacar a sus adversarios políticos o compañeros y su vis cómica son legendarios y he tenido la ocasión de comprobarlo personalmente. No recuerdo en qué reunión nos encontrábamos la pasada legislatura, pero sí perfectamente sus palabras en referencia al Gobierno de Zapatero: "Uno de los problemas que tenemos es que con esta política de naufragio no vamos a ningún sitio." "¿De naufragio?" preguntó alguien, "Sí. De naufragio, porque aquí van siempre las mujeres y los niños primero." Por supuesto, nadie se atrevió a reprocharle nada. 


También recuerdo otra ocasión en la que debatíamos sobre si debía ampliarse el periodo de sesiones parlamentarias o no. Él mostró su oposición así: "El problema de España no es una legislación insuficiente, sino su exceso. Es más, el problema de España también es su exceso de Parlamentos..." No hacía falta que explicara que se estaba refiriendo a la actual arquitectura parlamentaria de las CCAA.




Otra de las ocasiones que recuerdo, también de la pasada legislatura, es cuando nos encontramos en los ascensores del edificio en el que estaban albergados nuestros despachos. Entonces él me preguntó qué comisión estaba presidiendo, puesto que en aquella planta los diputados que teníamos oficina éramos los que ocupábamos la presidencia de una comisión. "La de Peticiones" contesté. "Esa comisión es surrealista." sentenció. Nada más que añadir. 


Incluso he podido conocer algunos aspectos sobre él que forman parte más bien de sus inquietudes personales que no políticas. Esta legislatura durante una intervención que hice en el pleno, le dije a la bancada del Partido Popular que su actitud ante la corrupción y su falta de medidas me recordaban a la frase de la juventud de San Agustín "Señor, dame castidad y dominio de mí mismo, pero no ahora." Entonces al bajar de la tribuna pasé junto a su escaño y me paró y me dijo que le había gustado mi intervención (mis disculpas por esta concesión a mi ego). A continuación señaló: "Yo soy un gran admirador de San Agustín. Hay una frase suya que dice "Cuando me analizo, me deprimo. Cuando me comparo, me enaltezco" Lo cierto es que me sorprendió su referencia al santo porque era una de las últimas personas de las que me lo esperaba del GPS, lo cual demuestra lo poco que en realidad lo conozco. 


Debo añadir que en las ocasiones en las que le pregunté si podía recibir a compañeros militantes que querían conocerlo o si estaría dispuesto a ser entrevistado por la revista Jot Down (uno de sus redactores me lo había pedido) siempre mostró una actitud colaboradora y serenamente humilde. Cuando le atosigaba con cuestiones sobre Bernstein u otro teórico del socialismo siempre me contestó con un tono pedagógico y respetuoso. No podría definirlo como alguien cercano, porque su proverbial seriedad siempre estaba presente, pero sí desde luego como alguien accesible.


Aquí concluyo este humilde repaso a algunas de mis experiencias con el que es una de las figuras más importantes del socialismo español y europeo de siempre. Podré decir de aquí a unos años que tuve la suerte de poder escucharlo y compartir escaño con él. Después de Rubalcaba, es el segundo compañero histórico que se retira del hemiciclo en la presente legislatura, lo que me resulta una metáfora perfecta del cambio de ciclo que se ha producido en el PSOE en estos últimos años. Quiero que sea una de sus frases la que finalice estas líneas dedicadas a su persona en la que demuestra, una vez más, su capacidad visionaria y analítica para retratar la realidad política. 


"La derecha siempre ha querido un Estado residual para que los grandes grupos económicos puedan campar por sus fueros y que el Estado no pueda hacer nada."

Alfonso Guerra.

sábado, 11 de octubre de 2014

TODOS SEREMOS CÍNICOS

"Cinismo: tendencia a no creer en la sinceridad o bondad humana, ni en sus motivaciones ni en sus acciones, así como una tendencia a expresar esta actitud mediante la ironía, el sarcasmo y la burla."

Wikipedia.


Aunque la definición que figura en el encabezamiento es la acepción "moderna" del término, siempre me han gustado las anécdotas relacionadas con los cínicos de la corriente filosófica iniciada por Antístenes y que tiene a uno de sus máximos exponentes en la figura de Diógenes de Sinope


Las historias que se cuentan sobre su proverbial actitud son muchas. Como cuando Alejandro Magno le reconoció su grandeza y le dijo "¿Puedo hacer algo por ti?" a lo que Diógenes contestó: "Sí, apártate porque me tapas el sol." Otra menos conocida pero igualmente extraordinaria es esta: "En una ocasión, cierto hombre adinerado le convidó a un banquete en su lujosa mansión, haciendo especial hincapié en el hecho de que allí estaba prohibido escupir. Diógenes hizo unas cuantas gárgaras para aclararse la garganta y le escupió directamente a la cara, alegando que no había encontrado otro lugar más sucio donde desahogarse."






Hace unas semanas hablaba con un compañero en el Congreso de los Diputados sobre la actual situación del partido. Él, con una edad provecta y, por ello, muchísima experiencia vital y política a sus espaldas, me decía que le agradaba verme ilusionado con la nueva etapa del partido. "A mi edad, ya no creo en nadie ni en nada, pero cuando tenía la tuya me sentía igual." Fue al comentarle que se había convertido en un cínico, al igual que muchos otros que conozco en su situación, cuando me dijo la frase que me ha inspirado para escribir este texto: "Efectivamente, lo soy. Pero tú todavía tienes que ganarte el derecho a serlo. Aún te queda mucho."

Ambos reímos por el hallazgo en ese momento, pero después tuve tiempo de reflexionar al respecto. La decepción es algo con lo que convivimos a diario. Comenzamos por decepcionarnos con las personas que nos rodean, pasando después a hacerlo con el mundo en que vivimos y, en última instancia, acabamos decepcionándonos a nosotros mismos. Sin perjuicio de aquellos a quienes nosotros también desencantamos, por supuesto.

Cuando muchas personas afirman estar desengañadas con la política, yerran el tiro de sus acusaciones. La política es, como cualquier otra palabra, un concepto al que los seres humanos dotamos de contenido. Por eso, la política puede ser maravillosa, zafia, aburrida, interesante, emocionante o vomitiva. Porque así es como somos. 

Siempre me ha gustado pensar que la política es como la herramienta que, usada adecuadamente, nos permite conseguir las más altas aspiraciones y mejorar nuestras vidas y las de los demás. Pero claro, eso dependerá de quién o quiénes tengan la capacidad de utilizarla y de las condiciones en las que lo hagan.

Asimismo, pensé si en mi trayectoria política había sufrido muchas decepciones o no. Lo cierto es que unas cuantas sí las he padecido. Alguna de ellas incluso muy reciente. Entonces aprecié aún más las palabras de mi compañero. Tenemos que sentir a título personal esos desencantos y esos sufrimientos para llegar a dejar de creer en las personas que se dedican a esto. De nada o poco sirve que te expliquen los demás sus experiencias porque siempre crees que a ti no te va a pasar. O te niegas a pensar que alguien al que respetas, pueda ser así Hasta que compruebas que las advertencias que te habían hecho otros sobre tal o cual persona, son ciertas. 

Entonces lo ves todo de manera distinta. Lo que antes creías que era aprecio, descubres que es interés. Lo que pensabas que era convicción, es solo fachada. Lo que sentías como algo pleno, deja lugar al vacío. 

Porque hay una lógica aplastante en la siguiente reflexión: ¿Cómo va a ser capaz de cumplir sus compromisos ciudadanos una persona que no ha sido capaz de cumplir los personales que había contraído conmigo sin mediar explicación del porqué? Y es a partir de ese momento cuando eres incapaz de volver a creer en esa persona. Y por desgracia, eso sucede en ocasiones en la política.

Pero sin embargo, creo que todavía no me he ganado el derecho a definirme como un cínico. Así lo considero porque sigue habiendo muchísimas otras que todavía demuestran cada día en el ejercicio de la política, que son lo que afirman ser. Que lo que ves, es lo que hay. Naturalmente, no solo porque así lo pienses tú, sino porque otros confirman con sus experiencias que así es. 



Esas personas, conciben la lealtad como la capacidad de poder estar en desacuerdo contigo y decírtelo directamente sin intermediarios ni indirectas, pero con respeto. No como una fidelidad ciega y absoluta que no acepta contravención alguna. 

También entienden que el compromiso personal es el instrumento más poderoso y, al mismo tiempo, frágil del que se dispone en la política. Poderoso, porque constituye el núcleo en el que se asienta nuestra fortaleza para llevar a cabo nuestra convicciones. Frágil, porque una vez roto, se hace añicos y no puede volver a recomponerse. 

Esas personas, decía, también saben que, en ocasiones, las circunstancias ajenas impiden el cumplimiento de la palabra dada, pero que cuando las cosas se explican desde la sinceridad y el respeto permiten a los demás comprenderlas e, incluso a veces, aceptarlas. 

Sigo viendo a muchos compañeros que se comportan de esa manera. Y yo, con todos mis enormes defectos y limitaciones, aún trato en la medida de mi limitada condición humana de corresponder del mismo modo. Por eso todavía no me considero un cínico. Porque para serlo tendría que dejar de creer en muchas personas que siguen demostrando con su ejemplo que todavía podemos hacer las cosas bien.

Cuando pasen 30 años, si este texto sigue estando a mi alcance y puedo recordarlo, volveré a tratar esta cuestión. Entonces podré afirmar si me he convertido en un cínico o, por el contrario, sigo creyendo en las personas. También quizás aprovecharé para contar detalladamente a qué circunstancias recientes me refiero y a quiénes, concretamente. Entonces, seguro que todavía es más divertido leer estas líneas para poder situarlas en su contexto. 

domingo, 3 de agosto de 2014

LA DICTADURA DE LO INMEDIATO

A los 13 años, comencé a leer revistas musicales con asiduidad. Metal Hammer, Heavy Rock, Full Metal y similares. Me nutrían de información sobre los grupos que me interesaban y me descubrían a otros nuevos. Cada mes recibía mi ración correspondiente y esperaba ansioso su llegada al kiosko. De eso ha pasado mucho tiempo, claro. Pero me encantaba la sensación de ir descubriendo aspectos que desconocía sobre Axl Rose o Iron Maiden poco a poco, gota a gota. Me deleitaba con esos valiosos datos después durante semanas e intercambiaba esa información con mis amigos, convenientemente modificada o tergiversada para hacerla aún más sórdida o increíble. 


Por supuesto, era difícil contrastar lo que te contaban si no disponías de las fuentes correctas y las discusiones sobre si tal o cual anécdota había sucedido de una u otra manera, duraban días. 

Podríamos sustituir las revistas musicales por películas, videojuegos, libros, discos o lo que fuera. La explicación sería válida igualmente. Debatir sobre el sonido de un álbum de Led Zeppelin que todavía no habías podido escuchar; idealizar cómo sería la próxima película de James Bond o preguntar si alguien tenía los pokes para conseguir vidas infinitas del "Game Over" de Dinamic




A mí todo eso me gustaba porque, de algún modo, lo disfrutaba con el tiempo suficiente que merecía que le fuera dedicado. Me deleitaba con esas lecturas, con esas escuchas, porque sabía que tendría que esperar un tiempo para poder saborear lo siguiente, lo nuevo. Nada era efímero o, al menos, la ilusión por las cosas no era sustituida al instante por un nuevo objeto de deseo que no me permitía gozar lo anterior cuando apenas lo había podido degustar.


Todo este ejercicio de nostalgia no es gratuito, por supuesto. Se debe al reconocimiento por mi parte de ser un esclavo de la dictadura de lo inmediato en la que me (nos) encuentro (encontramos) inmerso (s). ¿Significa eso que vivo ahora en un mundo peor que hace 25 años? Depende. Depende, fundamentalmente, del uso que queramos hacer de todo cuanto nos rodea y de la capacidad que atesoremos para poder evitar algunas de las contradicciones inherentes a nuestra sociedad tecnológica. Una de ellas, el no disponer precisamente de tiempo para asimilar toda la información de la que sí disponemos. Qué paradoja, ¿verdad?


La irrupción de Internet es el mayor cataclismo que se ha producido en los últimos siglos en nuestro comportamiento social. El poder de disponer de casi todo de manera inmediata a golpe de un click no ha venido acompañado de la correspondiente reflexión sobre sus consecuencias, al menos no a título personal. 

Así, la inmediatez tan anhelada antaño no ha llegado sola sino que ha traído consigo a otros compañeros de viaje como la saturación, la ansiedad o, incluso, la irrelevancia. Ahora nada consigue centrar tanto nuestra atención presente como lo que puede depararnos lo próximo, lo futuro. Adquirimos artilugios tecnológicos de última generación y no hemos empezado siquiera a dominarlos cuando ya nos indican cómo serán los siguientes. Eso si no están obsoletos, a los pocos días de haberlos conseguido. Por eso mismo no disponemos de tiempo para conocerlos mejor, porque lo necesitamos para saber qué viene después...

Aún así todo esto no me parecería especialmente grave si solamente se tratara de objetos, de cosas evaluables al fin y al cabo económicamente. El problema es que hemos extrapolado esa inmediatez hacia las relaciones sociales, es decir, hacia las personas.


La voracidad de las masas consume seres a velocidad de vértigo mientras sus dentelladas dejan secuelas en éstos en muchos casos irreversibles. No tengo la percepción de que valoremos a los demás por su trayectoria o historial en conjunto, sino que más bien parece que los apreciamos en función de su último comentario en una red social, su última columna de opinión o su último éxito social. Y resulta imposible poder estar siempre de actualidad, como ya sabemos.

El dinamismo que requieren espacios virtuales como Facebook o Twitter no deja lugar a lo perdurable y cuando llevas unos días sin actualizar tu perfil o tus comentarios, se genera una sensación de cierto abandono o de ausencia. 


Pero esa simplificación de las cosas y de las relaciones no es necesaria ni imprescindible. Más bien al contrario, en muchas ocasiones es dañina, porque así se pierden los matices que es donde, en mi opinión, reside el encanto de las cosas, de las personas, de lo que nos hace distintos, diferentes e interesantes dentro de nuestra igualdad general. 


En cierto modo, parece como si nos hubiéramos convertido en una suerte de Beavis and Butthead que en los 90 destruyeron carreras enteras de grupos, clasificando a estos en dos únicas categorías: "cool" para las bandas que les gustaban y "sucks" para las que apestaban. Así de sencillo. El maniqueismo elevado a filosofía vital en la que no caben términos medios. Sustituyamos esas palabras por un "Me gusta" o un "retuit", por un bloqueo o ignorar una solicitud de amistad. 



Desconozco cómo va a ser la evolución social de las próximas décadas, pero resulta difícil no imaginar alguno de los futuros distópicos que tantas veces se nos ha ofrecido en la literatura y el cine de ciencia ficción, en los que los avances tecnológicos han provocado, irónicamente, un retroceso social. 

Yo quiero poder disfrutar de las personas y de las cosas dedicándoles el tiempo que requieren y merecen; quiero poder leer "En busca del tiempo perdido" de Proust sin que me domine la ansiedad de acabarlo cuanto antes para comenzar la enésima biografía de Napoleón; quiero poder completar el visionado de la filmografía de Marlon Brando pensando que tengo todo el tiempo del mundo por delante; quiero saber más cosas de las personas que me rodean y que solamente se pueden obtener charlando en una terraza soleada y no a través de sus perfiles en las redes sociales.

Quiero, en definitiva, que si has llegado hasta el final de la lectura de este texto puedas esbozar una sonrisa al pensar que el valiosísimo tiempo que le has dedicado no ha sido en vano y que la dictadura de lo inmediato ha dejado paso, por unos minutos, a la democracia de lo duradero.