viernes, 28 de octubre de 2011

SIN TRABAJO, NO HAY RECOMPENSA

Siempre recordaré el día en que me afilié al Partido Socialista Obrero Español. Era el mes de mayo de 1995 y la sede en la que firmé el documento se encontraba en la Plaça de la Pescateria, al lado de la calle Colom. Es curioso. La paloma siempre ha sido símbolo de esperanza. Después visité durante mucho tiempo la sede que estaba en calle Pureza. Ahora la actual se ubica en la calle Miracle. Esperanza, pureza, milagro.


Eso es lo que necesitábamos en aquél entonces. Poco menos que un milagro. Los diarios amanecían cada día con noticias relacionadas con los GAL, Roldán, fondos reservados y el desgaste de 13 años de gobierno de un Felipe González acosado por los escándalos y una situación económica difícil. La victoria de José María Aznar en los comicios del año siguiente se daba por segura en casi todas las encuestas.


La historia es bien conocida por todos. Finalmente el Partido Popular ganó aquellas elecciones por tan solo 300.000 votos de diferencia. A pesar de la dificilísima situación que los socialistas afrontábamos, fuimos capaces de no resignarnos ante quienes nos daban por muertos y presentamos batalla. Y la dimos. Casi, incluso, la ganamos.  Muchos dirán, “Era Felipe”. Y yo digo, sí, era Felipe, pero también era el PSOE.




Nada es más ilustrativo que remontarse a la historia de estas siglas centenarias, para comprobar que la trayectoria del socialismo español está plagada de lucha, sacrificio, trabajo y momentos complicados. Nunca nadie nos ha regalado nada. Desde la fundación del partido el 2 de mayo de 1879, hasta la toma de posesión de Pablo Iglesias de su escaño en 1910 (el único). Desde la primera manifestación reclamando una jornada laboral de 8 horas el 1 de mayo de 1890, hasta la larga travesía en la clandestinidad y el exilio durante el franquismo.


Los motivos de la pervivencia de nuestras ideas a lo largo de todo este tiempo son varios, pero entre ellos está sin duda la universalidad de su mensaje. No son necesarias condiciones geográficas, sociales, económicas o culturales de ningún tipo para defender la democracia y la igualdad de oportunidades. El objetivo que perseguimos se sitúa por encima de las diferencias, pues pretende salvar los obstáculos que éstas generan.


Y ahora nos encontramos en un mundo en el que esas diferencias se están agrandando de nuevo de un modo intolerable. Nos enfrentamos a la pervivencia del interés general y colectivo por encima de los intereses individuales. En el individualismo no hay más doctrina válida que la ley del más fuerte. No conduce a ningún otro lugar: si no garantizas las condiciones para que todos puedan participar de igual modo o, al menos, tengan la oportunidad de participar, ganan siempre los mismos.


Nuestros adversarios conocen muy bien de nuestra capacidad cuando nos movilizamos. Y temen esa capacidad. Intentan que no haya debate ideológico. Que no se conozcan sus ideas. Porque saben que la mayor parte de los ciudadanos no aceptan sus ideas. Quieren ganar unas elecciones democráticas, sin participar lo más mínimo.


Por eso, ante este reto histórico, los socialistas no podemos renunciar a batallar por nuestras ideas que son hoy más necesarias que nunca. Se lo debemos a muchas personas que han luchado en el pasado; se lo debemos a todos aquellos que podamos haber decepcionado; a quienes buscan un motivo para confiar en nosotros; a nosotros mismos.


Este párrafo final es un mensaje para el Partido Popular: estamos aquí. Queremos ganar estas elecciones. Vamos a continuar trabajando para que así sea. Nadie va a poder reprocharnos, el no haberlo intentado si finalmente no es así.



domingo, 9 de octubre de 2011

SOBRE EL IVA TURÍSTICO

Mucho tiempo sin escribir aquí, quizás demasiado. El motivo por el que he decidido volver a hacerlo, aprovechando el marco de ultraactividad política en el que me encuentro, es la anunciada propuesta del Partido Popular de reducir el IVA que se aplica al sector turístico, denominado "IVA turístico", al 4%, es decir, el tipo súper reducido de nuestro sistema.


Es una cuestión que se ha planteado en muchas ocasiones en el Congreso de los Diputados durante esta pasada legislatura e incluso en el Parlamento europeo, y sobre la que los socialistas siempre nos hemos negado en esos ámbitos por los motivos que a continuación expondré.


Sostiene el PP que una rebaja del IVA aplicable al sector, actualmente el 8%, supondría una estímulo importante para las ventas al poder ofrecer precios más asequibles los turoperadores, hoteleros, compañías aéreas y demás. Parten de la premisa de que esta reducción se aplicaría de manera integral al importe a abonar por los clientes, o bien en gran medida.

Lo cierto es que experiencias anteriores de carácter similar, como la reducción al 50%  para los residentes baleares de los precios de billetes de transportes que conectan con la península, o bien la bonificación de las tasas aeroportuarias, demuestran que no siempre se han traducido en un correspondiente descuento del coste final, sino que incluso en determinados casos ha sido aprovechado por algunas compañías para encarecer el importe correspondiente a su margen de beneficio.

Por lo tanto, esta particularidad debe ser tenida en cuenta a la hora de abordar la cuestión.

Hay otro aspecto igualmente caduco, en mi opinión, sobre la fórmula propuesta por los populares. Y es que si algo hemos aprendido en los últimos años en España es que no podemos entablar una guerra de precios con algunos de nuestros principales competidores en la materia. Porque ello conduce a una batalla perdida de antemano. El principal reclamo de nuestra oferta turística debe ser la calidad de nuestros servicios, la belleza de nuestro entorno y nuestra diversidad cultural por un coste competitivo, por supuesto, pero no suicida.


No podemos rebajar los precios en una loca carrera con países como Croacia, Grecia, Turquía, El Líbano u otros similares, porque finalmente nos aboca a lo contrario de lo que pretendemos. La mano de obra, el precio de la vida y la realidad económica de esos países les permite ofrecer unos precios que no están al alcance de nuestras posibilidades reales, sin perjuicio de que su oferta no sea comparable, especialmente en servicios, con la nuestra. El tratar de competir en ese terreno solamente nos conduce a situaciones tan poco deseables como el "todo incluido", cuando no a ofertas prácticamente insostenibles.


Sin embargo, el principal perjuicio de la propuesta gira en torno al coste social que puede llegar a constituir en el supuesto de que se aplicara.

Actualmente la cantidad generada por el IVA del sector turístico genera unos 30.000 millones de € anuales, según datos ofrecidos en el propio Parlamento. Si se reduce del 8 al 4% el porcentaje aplicable, es decir, un 50%, una sencilla operación matemática concluye que la cantidad a ingresar decrece hasta los 15.000 millones de €. Naturalmente, los conservadores señalan que la reducción permitiría precios más asequibles que incrementarían la demanda y que la supuesta pérdida de ingresos tributarios se compensaría de esta manera. Por tanto, la disminución debería conllevar un aumento porcentual y equitativo de la demanda hasta el 50% para poder obtener el mismo volumen de ingresos.


Si ponemos como ejemplo un billete de avión de 50 €, el IVA que actualmente se le aplicaría sería el 8%, 4 €. Si le aplicamos el 4% el IVA aplicable comportaría 2 €. Por lo tanto, el precio final del billete pasa de 54 a 52 €, en el supuesto de que la compañía emisora no pretenda aumentar su margen de beneficio y aplique íntegramente el descuento. ¿Alguien cree que la demanda de billetes de esa categoría se duplicaría por una reducción de precio semejante? Honestamente y en mi opinión, pensar algo similar roza la ingenuidad.


Pero vamos a ser optimistas y conjeturemos que en un escenario en el que todas las entidades del sector aprovechan la reducción del IVA y no aumentan sus márgenes, las ventas crecen considerablemente, no hasta el extremo de duplicarse pero si hay un incremento de la demanda importante. De los 15.000 millones de € que dejaban de ingresarse por la reducción, se recuperan 7.500 millones. Aunque es más que sensible el aumento, todavía dejan de percibirse otros 7.500 millones en las arcas públicas respecto a ejercicios anteriores. Dinero que se utiliza en pagar, en una u otra instancia, prestaciones sociales, inversión pública, escuelas, hospitales.


¿Y quién es el principal perjudicado de esa disminución de los ingresos tributarios? En primera instancia el Estado, que teniendo que ofrecer los mismos servicios obtiene menos financiación y, en segunda instancia, los ciudadanos destinatarios de los mismos. Porque el argumento perverso que venimos escuchando en los últimos años de la supuesta insostenibilidad de los servicios públicos, es el de su financiación deficitaria, la cual por una cuestión matemática se convierte en realidad cuando se limitan, reducen o eliminan las principales fuentes de ingresos públicos: los impuestos.


Así, el gran empresario se erige como el gran beneficiado por la reducción: sus ingresos aumentan con la correspondiente demanda y la carga fiscal que debe soportar por ello es menor que antes. Sin embargo, los salarios que perciben sus trabajadores siguen siendo los mismos, salvo que se produzca un aumento salarial a consecuencia de las ganancias, algo que casi constituye ciencia ficción en el mundo actual. Así la conserje de un hotel o el camarero que seguirán percibiendo1.000 € mensuales, por ejemplo, el empleado de la compañía aérea o la agente de viajes, ven como a la larga la sanidad pública, las escuelas gratuitas o incluso el subsidio de desempleo del que podrían beneficiarse como destinatarios principales se ve perjudicado por una medida que agranda aún más la brecha entre unos y otros.


En consecuencia, existen motivos más que justificados para oponerse a una medida de estas características. Debemos apostar por una política en materia turística de estímulo, reconversión de lo obsoleto y oferta de calidad, pero no a través de la reducción directa del IVA, sino de planes como el vigente en el que las exenciones se permitan para paliar perjuicios sociales (insularidad) o en momentos puntuales y sectores estratégicos, siempre y cuando no constituyan perjuicios como los ya apuntados.

lunes, 25 de julio de 2011

ROSEBUD

"Dime entre todas las facetas de tu vida, si tuvieras que elegir una, una sola, en cuál de ellas te gustaría triunfar por todo lo alto". "En la música".

El diálogo que antecede lo he tenido en innumerables ocasiones con montones de personas y esa respuesta, por supuesto, es lo que siempre he contestado sin ningún atisbo de duda. Recapitulando un poco en los archivos de mi vida, me percato de que a mis 34 años llevo 17 militando en la política, 10 en activo como abogado y 19, de un modo u otro, conectado a la música.  Es, con diferencia, a lo que he dedicado más horas de mi existencia y la pasión que siento por ella es tan irracional como corresponde a semejante palabra.




Todos podemos sentirnos identificados con una canción, una melodía, bandas, discos o artistas en concreto. Naturalmente, el goce de la música no es patrimonio exclusivo de nadie, pero si uno ha experimentado desde niño una vibración intensa, indescriptible, cada vez que comenzaban los acordes de una composición favorita; si ha sentido la necesidad acuciante de poner un tema desde el principio otra vez justo cuando acaba y repetirlo mil veces;  si ha pasado horas enteras desvelado en la cama escuchando canciones que te transportan a millones de kilómetros de distancia, que evocan escenas que solamente tienen lugar en ese recóndito lugar de la mente en el que se generan las fantasías, entonces, el paso siguiente, lo lógico, la evolución natural es aprender a tocar un instrumento.


Tenía 15 años cuando harto de manosear la guitarra de mi hermano mayor, que ponía del revés para tocar por ser zurdo, decidí que iba a tomarme en serio el tema de la música. Ante todo era fundamental escoger el instrumento adecuado. Guitarristas hay muchos, los ha habido siempre y seguirán siendo mayoritarios; la batería está muy bien, pero necesitas espacio y, si todavía vives con tus padres, mucha paciencia por parte de estos; cantar nunca fue lo mío y, además, el micro no es un instrumento; yo elegí ser bajista: había pocos, el bajo es más grande y espectacular que la guitarra y, para mí, tenía unas características que lo hacían sumamente atractivo: es difícil de percibir, no llama la atención, muchas veces solo lo intuyes, pero si falta en una canción, le falta el alma. Además, era el instrumento de Sid Vicious, todo un ejemplo a seguir para un chaval de esa edad que suspira por el lema por excelencia del Rock'n'Roll, con todo lo que conlleva...





Los primeros meses fueron tan iniciáticos como aburridos para todo aquél que no esté experimentándolo. Lo bueno comienza cuando tienes oportunidad de tocar en una banda. No importa que solamente sepas una canción. Es indiferente que toques desacompasado y desafinado. La sola sensación de ser parte y no público vale la pena y justifica cualquier sacrificio que hayas tenido que realizar para conseguir tu objetivo. En nuestro caso, el repertorio de aquellos primeros meses no podía ser más variopinto: "Sweet child o'mine", "The house of the raising sun", "Wonderful tonight" (?), "Johnny Be Good", etc.


Quizá sea una de esas cosas excepcionales que disfrutas tanto de hacer como de decir. Recuerdo explicar con cierta petulancia ante las chicas que tocaba en una banda, lo buenos que éramos y demás bufonadas. Naturalmente, tiendes a olvidar que a pesar de tus bravuconadas ellas no te ven con los mismos ojos con los que observaban a...Jon Bon Jovi, por ejemplo, pero siempre podías echar mano del recurso letal, infalible en estos casos: "He compuesto una canción pensando en ti". Generalmente no fallaba, aunque tampoco llegué a hacer como un buen amigo acostumbraba: cambiar el nombre de la dama de la composición en cuestión por el de la siguiente víctima, en función del éxito obtenido y así hasta conseguir la presa.


En cualquier caso, los ensayos tienen una única finalidad, más allá de pasarlo bien con los amigos: conseguir un repertorio que poder ejecutar en directo. Y la oportunidad se presentó cuando solo llevábamos 3 meses tocando. Ni más ni menos que en un festival multitudinario en el campo de fútbol de Calviá. 3 canciones a interpretar en diez minutos. Las elegidas fueron "Sweet Child o'mine", "The House of the rising sun" y una irónica composición mía sobre la novia de aquel entonces, "Athletic girl", ya que la chica era atleta y eso, para la rebuznancia rockera adolescente de la que hacía gala yo, era incompatible con el dogma a seguir.


A falta de un cantante nosotros mismos hacíamos las voces y en los ensayos bastaba con dar con el tono correcto del tema para salir adelante. Sin embargo, completamente  inexperto, no pude prever que los nervios me jugarían una mala pasada y que la tensión iba a estirar mis cuerdas vocales de tal manera, que cuando comienzo las primeras estrofas de la canción de Guns and Roses, lo hago en un tono tan agudo y erróneo que aquello se convierte en un despróposito. Recuerdo que las escasas personas que estaban en las primeras filas miraban preguntándose entre sí algo estilo "¿Es de verdad?". El bochorno incrementaba la tensión y no podía salir de la espiral. Miki, el guitarrista, me rescató y acabó la canción él para mi alivio y, especialmente, el de quienes nos escuchaban. Quizá debería haberme percatado que ir al baño a orinar diez veces...en 20 minutos...antes de subir al escenario no era algo muy normal. Pero no. Tardé bastante tiempo en superar los estigmas de aquella experiencia.


Afortunadamente, las siguientes ocasiones fueron mucho más fructíferas y mi evolución como músico seguía una curva ascendente. Me había apuntado a clases, tocaba varias horas diarias y estaba obsesionado con todo lo que fuera el grupo y la música. Conseguimos un repertorio amplio, con un buen equilibrio entre versiones y canciones nuestras e hicimos bastantes conciertos. Por entonces nos llamábamos The Muppets. Qué originales. Cada concierto era un acontecimiento, una fiesta, algo para lo esperábamos semanas. Nuestros amigos acudían fielmente a las citas y, por unos instantes, comprendías el significado de las palabras de Warhol y sus famosos 15 minutos de fama. No éramos nadie o, mejor dicho, nada más que jóvenes que creían vivir sus sueños, pero ya era suficiente para colmarnos.


Eso es algo que nadie podrá arrebatarme jamás. La ilusión inocente, desbordante e irresistible de creer, aunque solamente sea por un instante, que algún día podrás llegar a vivir de la música. Quien haya estado en una banda y no la haya experimentado, tiene pentotal sódico en las venas. Y eso que lo mejor estaba todavía por llegar, aunque esa es otra milonga que ya escribiré por aquí algún día. Pero nada volvió a ser como aquellos primeros años, desde luego.


Cambios de formación, de nombre, de repertorio, de local de ensayo, de bajo. Lo cierto es que cuando más experimentado es uno, se vuelve más profesional y pierde gran parte de la sensación lúdica tan pura del inicio. Comienzas a preocuparte por aspectos que antes ni siquiera te planteabas y las cosas se tornan en rutina. Como en una relación sentimental. Y existen muchas similitudes entre este tipo de relaciones y formar parte de un conjunto musical. Es lo que Paul Stanley denominaba en Kiss el "matrimonio a cuatro bandas": celos, rencillas personales, infidelidades, reproches. No es fácil estar encerrado muchas horas a la semana con otros tipos en un local de ensayo y caminar todos en la misma dirección. Siempre hay carácteres más fuertes que se imponen, luchas de egos. Control, dominación. 


Sin embargo, no puedo dejar de recordar aquellos días como algo increíblemente mágico e irrepetible. La música contiene un elemento desconocido, una fórmula secreta, que te permite experimentar vivencias y sensaciones muy difíciles de generar con otras materias. También presenta los elementos de ingratitud que afectan a otras disciplinas como en cualquier profesión y ya no digamos la política, pero en ella el resultado de la ecuación siempre termina siendo positivo. 




Por ese motivo, pase lo que pase en mi vida en los próximos años, creo que siempre tendré la sensación de que algo mío se quedó en ese lugar y en ese tiempo y que no podré volver para recuperarlo. Algo que fue mío por unos instantes pero que ahora se queda en el limbo de los sueños no alcanzados, esperando ser rescatado o revivido, pero que solamente puede ser revisitado a través del recuerdo o de la propia ensoñación. Larga vida al Rock'n'Roll.  

lunes, 21 de marzo de 2011

SOBRE PERIODISTAS Y POLÍTICOS

La leyenda que narra la historia de amor entre la luna y el sol señala que, como Dios decidió que ningún amor fuera imposible, inventó los eclipses para que los dos astros pudieran encontrarse cada cierto tiempo.  Pero es evidente que Yahvé no tuvo en cuenta en el momento de la creación del Mundo (la Tierra, no el diario), que algún día existiría algo que denominamos "políticos", y algo llamado "periodistas".

Así pues, hasta que el mandato divino no rellene el vacío existente entre estas dos facciones, ambas están condenadas a la distancia y la incomunicación formal. No deja de ser paradójico que dos profesiones cuyo finalidad principal consiste en informar a los demás ciudadanos de lo que sucede, no sean capaces de llegar a un acuerdo mútuo por el que se establezca una relación productiva para ambas partes.



En ocasiones, raras excepciones, parece que algunos se han acercado a ese punto de encuentro del que incluso gozan el sol y la luna, pero han sido solo espejismos en una confrontación que se aborda desde distintas dimensiones.

La mía, efectivamente, es la de la política y por ello no puedo ser objetivo en este debate, algo que muchos de ellos (los periodistas) todavía creen poder ser en el ejercicio de su profesión. Quizá no recuerden que la primera lección que se aprende en la facultades de periodismo o ciencias de la información, es que la objetividad no existe. Pero no quiero o pretendo dar lecciones sobre lo que los demás deben hacer. Además, no puedo. Tan solo voy a explicar los motivos por los que, bajo mi punto de vista, no puede haber una relación sincera entre ellos y nosotros.


En primer lugar, no descubriré la piedra filosofal si afirmo que un altísimo porcentaje reporteril tiene de independencia informativa lo que proporcionalmente tenemos los políticos de libertad de voto. Es decir, muy poca cosa. Al menos, en sus medios habituales de trabajo, ya que Internet ha introducido nuevos elementos en la ecuación. Pero es notorio que, salvo casos puntuales de tipos ya consagrados, el seguimiento que pueda tener cualquier informador de sus trabajos particulares en la web es muy escaso.


Pues bien, esta circunstancia supone que sin perjuicio de la profesionalidad o capacidad del periodista con el que puedas contar para que se publiquen los datos que le has facilitado, la línea editorial y política del rotativo en el que labora se verá inalterada y, en consecuencia, es probable que te encuentres con un titular completamente contrario al sentido que pretendías otorgar a la información ofrecida. Ese es el primer paso que todo político novel avanza en su camino predeterminado hacia la desconfianza en los medios y sus agentes.


En segundo lugar. Creo haber descubierto por qué la expresión "off the record" ("extraoficialmente", en román paladino) alberga un significado distinto para los plumillas. Y es que parece ser que un defecto auditivo genético marcado a fuego en su ADN y distinto concepto del idioma de los Beatles, hace que la mayor parte de ellos entienda "of the record" ("de la anotación/registro/grabación"). Por ello, uno comprueba sorprendido como se cita en muchas ocasiones con nombres, apellidos y el DNI si es necesario, a la inocente fuente generadora de rumores. Para ser justo, debo decir que eso sucede especialmente cuando el periodista publica la información que prometió no dar, el político informador la niega indignado y el primero ante la disyuntiva opta por desenmascarar por completo al chivato.


Y es que resulta paradójico que algunos de quienes más suelen poner el grito en el cielo sobre la falta de cumplimiento de la palabra dada de otros tantos políticos, no sean tan celosos en la autoexigencia cuando de ellos se trata.


Otro aspecto que debo citar es la enorme diferencia de criterios, la mayor parte de las veces, entre lo que tú consideras que es noticiable y lo que ellos piensan que debe serlo. Naturalmente, no puedes decirle a un profesional qué es lo que debe escribir cuando se trate de cuestiones que él mismo te formula a petición propia. Pero cuando uno convoca a los medios a una rueda de prensa con el objeto de informar...qué sé yo, sobre las políticas sociales de tu Gobierno, y comprueba que la información publicada en medios audiovisuales y escritos se basa en los aspectos más polémicos de preguntas posteriores y que nada tienen que ver con la materia de la convocatoria, se pregunta hasta qué punto se puede llegar a transmitir la información sobre tu gestión salvo que sea pagando.


Y es que otro de los grandes problemas del binomio prensa/políticos, es la enorme contradicción que supone querer dar información pública en medios de comunicación de capital privado. Intereses absolutamente contrapuestos, salvo cuando se trata de cobrar la publicidad institucional a cambio de titulares amables para con tu trabajo. Naturalmente que existen las agencias de información de las que cada vez más se nutren para noticias asépticas. Pero la verdadera chicha, el meollo de la cuestión, se halla siempre en la información generada por sus propios corresponsales.


Es probable que parte de todo ello se deba a que dentro de todo periodista existe un político frustrado. Solo así es comprensible que, junto con nosotros, sean quienes más se interesan por la política y, en conversaciones privadas, no duden en darte su opinión particular sobre cómo deben hacerse las cosas y cuáles son los errores que has cometido. Muchos de ellos, la mayor parte, suelen estar bien informados sobre los aspectos que se tratan en la materia. Pero cuando se equivocan, que también sucede, las víctimas somos objeto de una indefensión descomunal que pocas veces se ve reparada de manera proporcional al daño  que pueden llegar a causar.


Resulta sorprendente después escucharles quejas sobre lo comedidos y cautos que nos mostramos nosotros, "lo mucho que os ceñís al guión escrito", "lo poco que os salís del discurso oficial". Quizá si comprendieran que es que estamos acojonados ante lo que tememos ver publicado si les damos un poco la mano; si supieran la cantidad de explicaciones que debemos dar ante nuestros propios compañeros por algo que no hemos dicho o que no habíamos dicho de esa manera; si sus palabras fueran escrutadas con la minuciosidad con la que, en ocasiones lo son las nuestras. Quizá así se consumara la suerte de simbiosis fallida que es nuestra relación.


Para finalizar este texto que espero no me haya quedado excesivamente sincero, y como guiño a los muchos amigos que tengo en el otro bando cuando nos quitamos los atuendos, pongo un chiste malo que he encontrado en una búsqueda fugaz en Google. Espero que os horrorice tanto como a mí.

 ¿Qué le dijo un periodista a un diputado? - ¿Cree en la pena de muerte? - Sólo si no es muy severa.

domingo, 13 de febrero de 2011

EN ESTE AMISTOSO MUNDO...

Sé que en el anterior escrito comenté que el próximo trataría sobre la parte empresarial de todo el meollo de la "Ley Sinde". Pero, ¿De qué sirve un blog si no es para incumplir tus propios propósitos y escribir sobre lo que realmente te venga en gana? Por supuesto, daré mi opinión sobre ese asunto en este espacio, pero no hoy. Estos días mis preocupaciones están relacionadas con la situación que se vive en Egipto, Túnez y otros países musulmanes. Y no me refiero exactamente a los disturbios y enfrentamientos de sus gentes. Tampoco a dónde les conducirá todo esto. Claro que me interesa y me causa inquietud, pero no. Mis reflexiones se centran en la responsabilidad que tenemos los países occidentales en todo este asunto. Y no son pocas.



Ahora que Wikileaks ha puesto en solfa los entresijos de las relaciones internacionales y, especialmente, de los tejemanejes de EEUU, a nadie le sorprenderá comprobar que la hipocresía de algunas de las naciones llamadas democráticas alcanza cotas difíciles de tolerar en este ámbito. Tal y como hemos podido observar hace unas semanas, sujetos como Ben Ali, expresidente de Túnez,  han gozado de la simpatía y amistad de presidentes europeos que no dudaban en posar sonrientes con él ante las cámaras. ¿Acaso había cambiado en algo la política del tunecino y sus formas antidemocráticas para que sufriera el rechazo actual de sus homólogos occidentales? En absoluto. Tan solo que ahora que sus ciudadanos han explotado reclamando lo que antes únicamente se atrevían a sugerir entre risas Sarkozy y compañía, han hecho acopio de valor o, mejor dicho, de cinismo, para recomendarle que se retire del poder. Eso sí, sin reclamarle que responda por sus corruptelas y atentados contra los derechos humanos, cometidos durante su etapa gubernamental. Ahora se encuentra cómodamente instalado en Arabia Saudí, esa gran nación democrática que ya ha dado asilo político en el pasado a ilustres exgobernantes como el General Idi Amin, entre otros. 




Los occidentales decimos que apoyamos a dictadores que no toleraríamos ni un solo segundo en cualquiera de nuestra provincias porque nos ayudan a luchar contra el terrorismo islamista. Eso es cierto a medias en el mejor de los casos, cuando no rotundamente falso. Porque los ciudadanos de los países que tienen que soportarlos diariamente, acaban sublevándose exacerbados contra sus abusos y es en esas condiciones cuando los extremistas islámicos encuentran el caldo de cultivo necesario para sus propósitos. Espero equivocarme, pero ante los optimistas medios que ven una "revolución democrática" en los sucesos de estos días, yo veo a seres humanos desesperados por el hambre, la injusticia, la pobreza y la falta de oportunidades que quieren una solución inmediata a sus problemas. Tengo la sensación de que nos encontramos más cerca de una evolución similar a la de Irán en 1979 que no ante el advenimiento de la democracia tal y como la conocemos. Especialmente porque, en el caso de Egipto y Túnez, hablamos de una población con una educación deficitaria y con total ausencia de referentes democráticos propios, otros ingredientes necesarios para la receta extremista que comentaba.


Naturalmente, no es que los estados occidentales no puedan ayudar en estos momentos a aquellos que anhelan una sociedad más justa y libre, pero el único camino correcto solo es el de pensar en lo que más les conviene a sus habitantes y no a nosotros en materia energética, económica o estratégica. Pero es que, además, lo mejor para ellos acabará siéndolo también para nosotros. Así, apostar por una educación y alfabetización en esos países supone sembrar las semillas necesarias para que germine su prosperidad y desarrollo, algo que es sin duda mucho más solidario y humano para con sus ciudadanos que no apoyar a dictadores que no merecen gobernar pueblo alguno. Y no será porque a los estados occidentales no les guste invertir en naciones subdesarrolladas. Pero, curiosamente, los dividendos de esas inversiones siempre acaban siendo rentables para el inversor y, muy raras veces, lo son para el invertido.



Decía Obama el otro día que los acontecimientos de estos días cambiarán el mundo tal y como lo conocemos. Estoy completamente de acuerdo. La pregunta es si EEUU seguirá comportándose igual que con Hosni Mubarak o Ben Ali con la familia real saudí, con Mohamed VI o cualquier otro reyezuelo. O si por el contrario, dictará contra ellos embargos y sanciones económicas como hace con Fidel Castro o Kim Jong Il. Si invadirá sus respectivos países para "establecer la democracia", como hizo con Irak una vez descubierto que no había armas de destrucción masiva y que la relación de Saddam con Al Qaeda era como la de un ateo con Dios.


En cuanto a Europa, poco se puede decir de un supraestado que permite la existencia de paraísos fiscales en su propio territorio como Luxemburgo, o limítrofes con sus "fronteras" como Suiza. ¿Que a cuento de qué viene esto? Me ha sorprendido lo diligentes que han sido los banqueros suizos al congelar las cuentas de Mubarak para "devolver el dinero al pueblo egipcio". Quizá si se hubieran dedicado a denunciar al dictador cuando transfería ese dinero habrían ahorrado años de sufrimiento a los egipcios. Imagino que los más de 30.000 millones de € que se estima que puede tener amasados les habrán rendido sus buenos beneficios en intereses bursátiles y operaciones de capital. El día que Suiza y demás bancos sin escrúpulos con forma de Estado, dejen de ser cómplices y cooperadores necesarios de tantos delincuentes, habremos dado un paso de gigante en transparencia y democracia. 


Mientras tanto, nos dedicaremos a sentarnos ante nuestros televisores a contemplar sorprendidos los cambios de un mundo que nosotros hemos creado, pero que no sabemos qué hacer con él.
  

domingo, 26 de diciembre de 2010

¿LIBERTAD DE EXPRESIÓN?

Soy un chaval de 19 años. Vivo en casa de mis padres, que pagan mi educación, mi manutención y mis momentos de ocio. Entre estos últimos se incluye el abono de la línea ADSL, gracias a la cual me bajo la discografía completa de las bandas que se me antojen. También las películas de estreno y las que no, los videojuegos y las series. Es el año 2001.


Mi padre tiene una librería y las cosas funcionan bastante bien. Mi madre trabaja en un centro comercial muy famoso, cuyo nombre tiene reminiscencias anglosajonas. Entre los dos contribuyen a sostener la familia y los gastos a los que me refería.


Es el año 2008. Mi padre tuvo que cerrar la librería y despedir a todos los empleados (tres) que trabajaban con él. Incomprensiblemente, la gente comenzó a entrar en el establecimiento y llevarse los libros que quisiera sin pagar por ellos. Lo peor fue que las autoridades dijeron que no podían hacer nada al respecto. Tras unos años aguantando como pudo, ahora busca trabajo a sus 48 años.

Mi madre ha sido despedida del centro comercial. Las ventas disminuyeron tanto en algunos departamentos, especialmente el de venta de películas y música, que tuvieron que reducir personal. A pesar de su antigüedad, ella fue una de las perjudicadas. Tiene 46 años y está cobrando el paro.

Sigo viviendo con mis padres con 26 años, acabé mis estudios pero no he encontrado todavía un empleo. Como hemos tenido que recortar gastos drásticamente porque tan solo nos queda el subsidio de mamá. Ya no tengo ADSL y mi ordenador se ha quedado completamente obsoleto. El ocio en casa se reduce a lo que echan por la televisión (una basura) y los libros de papá.



Esta historia es ficticia, por supuesto. Pero sirva como ejemplo para ilustrar a muchos que piensan que descargarse archivos que vulneran el derecho de propiedad intelectual, es algo que tan solo perjudica a dirigentes de la SGAE millonarios vestidos de frac, con sombrero de copa y que fuman puros mientras sostienen un coñac en la otra mano. 

Uno de los problemas existentes, es que en este país se ha sido especialmente permisivo durante muchos años con estas prácticas. Existe ya toda una generación de adolescentes que no sabe lo que es ir a una tienda y pagar por un compacto o una película. Ni siquiera descargarla abonando una pequeña cantidad por ella desde Internet. ¿Para qué? La cultura de que todo es gratuito y de que los creadores viven del aire que respiran se ha instalado como un dogma inquebrantable, y no hay forma de hacerles entrar en razón. 

No son capaces de visualizar que, incluso dentro de entidades tan aborrecidas como la SGAE, hay cientos de miles de autores anónimos que hace tiempo que comprendieron a su pesar que se esfumaban las posibilidades de que pudieran malvivir de su música, su cine o sus relatos, porque nada ni nadie está a salvo.


No entienden que en cada industria del entretenimiento existen miles, millones de personas si la consideramos en términos globales, que trabajan de empleados en establecimientos, de guionistas en títulos casi desconocidos. Hay dibujantes de cómic, ingenieros de sonido, técnicos de mesa, ayudantes de dirección. Son personas como cualquiera de nosotros que realizan su trabajo para ganarse el sustento de sus vidas. Esas personas son las primeras que resultan perjudicadas cada vez que un estudio musical, una compañía discográfica o un centro comercial se ve perjudicado en sus ventas. Evidentemente, no serán David Geffen, Richard Branson o Ia familia Areces quienes se quedarán de patitas en la calle por el bajón de las ventas, por lo que la metáfora de Robin Hood con la que muchos pretenden acallar sus conciencias es absolutamente errónea.


Existe, además, una confusión tremenda de derechos y conceptos. La libertad de expresión no tiene nada que ver con descargar contenidos que vulneran los derechos de autor. La cultura  libre debe contar también con la opinión y el beneplácito del autor de la obra, no solo con la del consumidor. El mercado económico en que vivimos supone que existe un precio por el que pagamos a cambio de obtener un producto. Desde el momento en que un juez vela por la legalidad de una decisión antes de que esta se lleve a cabo, se cumplen las normas que garantizan los derechos de unos y otros en nuestra comunidad.


Pero no. La mayor parte de ellos desconoce que durante años, décadas, todos nosotros hemos ido recopilando nuestra biblioteca o videoteca a base de ir comprando, en la medida de nuestras posibilidades, los títulos que deseábamos. Que otorgamos un valor y un significado a cada uno de ellos, porque detrás hay una historia sobre cómo los conseguimos o quién nos los regaló. Que no se puede tener todo sin derecho a compensar nada.


De todas maneras, lo que más me ha entristecido o sorprendido de lo que he leído y escuchado estos días, no ha sido la absoluta falta de consciencia por parte de muchos de quienes defendían el "derecho" a coger libremente lo que se les antojase. No.

He reflexionado sobre la magnífica capacidad de coordinación y resolución que han mostrado para defender algo en lo que creían. Su perseverancia y su tenacidad, su determinación y la predisposición a llegar hasta donde fuera necesario. Lástima que fuera por una causa equivocada. Me ha entristecido pensar en lo que podrían conseguir esas mismas personas mostrando las mismas cualidades si hubieran reclamado un trabajo digno; una vivienda de protección oficial; una educación que pueda ser llamada como tal; unos servicios sociales mejores.

¿Dónde está vuestra premura en luchar por lo que consideráis justo cuando se tratan estas cuestiones? ¿Acaso en realidad vivís tan bien que no necesitáis manifestaros al respecto y creéis que con no votar el día de las elecciones es suficiente? La política necesita más que nunca de este tipo de reacciones por parte de los ciudadanos. Ejerced el derecho a la libertad de expresión que tanto invocáis de la misma forma en que lo habéis hecho ahora. Quizá sea vuestra mejor contribución al entorno que os rodea y que tanto parecéis ignorar, salvo para todo lo que concierna únicamente a vuestra persona.


En el próximo texto escribiré sobre la otra cara de la moneda: las leyes de protección de derechos de autor; las entidades de gestión; las discrográficas multinacionales.

martes, 16 de noviembre de 2010

ERRORES COMUNES SOBRE LA LEY SINDE

A lo largo de estos últimos días, he recibido en mi dirección de correo electrónico unos 2.000 mensajes solicitando mi voto en contra de la denominada popularmente como "LEY SINDE" que, a su vez, forma parte de la Ley de Economía Sostenible (LES). La cifra no es una exageración generalizada. Tan sólo durante este fin de semana fueron más de 1.000. Su contenido es similar en la mayor parte de los casos, aunque no, desde luego, las formas. Algunos son respetuosos y contienen argumentos inteligentes. Otros parecen más bien una broma de su autor. Los hay escuetos y directos y los hay largos e irreverentes. Pero todos suelen incidir en un error material: la supuesta falta de autorización judicial para el cierre de páginas webs. Las otras acusaciones hacen referencia a una supuesta restricción de derechos y libertades, cuando no a una actuación en comandita de los poderes públicos con grupos de intereses privados.



Es probable que esta circunstancia se deba a un error de interpretación del texto legislativo, o bien a que la información que se ha difundido en los medios es escueta. El Proyecto de Ley puede consultarse en la página web del Ministerio de Economía y Hacienda y el artículo o disposición que hace referencia a los cambios en esta materia es la Disposición Final Segunda. Se modifican, fundamentalmente, tres normas: La Ley 34/2002 de Servicios de la Sociedad de la Información y del Comercio Electrónico; el Real Decreto Legislativo 1/1996 por el que se aprueba el Texto Refundido de la Ley de Propiedad Intelectual y la Ley 29/1998 de la Jurisdicción Contencioso Administrativa.


¿Y cuáles son el o los elementos del texto que han provocado el desencadenamiento de semejante tormenta digital entre algunos internautas? Pues, fundamentalmente, la creación de la Comisión de Propiedad Intelectual (CPI en adelante) y, concretamente, su Sección Segunda. Los motivos de los recelos de los ciudadanos que han mostrado su disconformidad son varios, pero la mayoría hacen referencia a este órgano como un elemento de control semiprivado o que responde a intereses particulares, así como a sus supuestas capacidades censoras sin autorización judicial. Ambos extremos son incorrectos. Veamos por qué.


Tal y como establece la propia ley, la CPI es un órgano adscrito al Ministerio de Cultura. Su composición deberá ser determinada por un reglamento, pero como institución pública su funcionamiento está completamente subordinado al cumplimiento de la legalidad. No es la primera ocasión que se utilizan fórmulas de composición público-privadas en la Administración. El Fondo de Garantías Salariales (FOGASA) es un ejemplo.


Ahora bien, en lo que sí es especialmente taxativa la DF Segunda de la LES es en la ABSOLUTA NECESIDAD DE AUTORIZACION JUDICIAL PREVIA para la clausura de una página web en la que se estén vulnerando derechos de propiedad intelectual.  Y no lo expresa tan sólo en una ocasión a lo largo de su contenido, sino en varias. Así, el apartado Cuatro.4) de la citada disposición señala:

"La sección podrá adoptar las medidas para que se interrumpa la prestación de un servicio de la sociedad de la información o para retirar los contenidos que vulneren la propiedad intelectual por parte de un prestador con ánimo de lucro, directo o indirecto, o que haya causado o sea susceptible de causar un daño patrimonial. La ejecución de estos actos, en cuanto pueden afectar a los derechos y libertades garantizados en el artículo 20 de la Constitución, requerirá de la previa autorización judicial, de acuerdo con el procedimiento regulado en el artículo 122 bis de la Ley reguladora de la Jurisdicción Contencioso- administrativa".


Y el artículo 122 bis al que hace referencia:

"1. La ejecución de las medidas para que se interrumpa la prestación de servicios de la sociedad de la información o para que se retiren contenidos que vulneren la propiedad intelectual, adoptadas por la Sección Segunda de la Comisión de Propiedad Intelectual en aplicación de la Ley 34/2002, de 11 de julio, de Servicios de la Sociedad de la Información y de Comercio Electrónico, requerirá de autorización judicial previa de conformidad con lo establecido en los apartados siguientes."


Los juzgados a los que corresponderá dictar las oportunas resoluciones judiciales en esta materia son los Juzgados Centrales de lo Contencioso Administrativo. En consecuencia, no se vulneran derechos fundamentales, y toda la actuación administrativa está sometida al imperio de la ley. Los procedimientos se iniciarán SIEMPRE previa denuncia del titular de los derechos de propiedad intelectual afectados o de persona delegada en tal función.


Es posible, entonces, que muchos de los que protestan por la aprobación de estas disposiciones cambien de opinión cuando conozcan su contenido íntegro. Porque estarán de acuerdo en que la defensa y protección de los derechos constitucionales que tanto aducen en su argumentación, también incluye la propiedad intelectual, según el artículo 20.1.b) de la Constitución Española



En algunas ocasiones, parece subyacer un temor a un hipotético futuro en el que deban abonar por conseguir productos protegidos por la normativa en materia de propiedad intelectual. Sería necesario recordar que, pese a la realidad que opera en Internet, los autores de cualquier tipo de producción literaria, científica, artística o de cualquier índole tienen derecho a percibir una remuneración por la reproducción de su obra. Que son los principales perjudicados por la violación sistemática de esos derechos. Y que, salvo renuncia expresa a los mismos, la normativa vigente que los ampara se ha mostrado insuficiente hasta la fecha para garantizarlos. 


Ahora bien, como en todo debate principal, existen otras cuestiones colaterales que también provocan el descontento de algunos internautas. El pago del canon por la compra de CD's y DVD's es uno de ellos, en mi opinión absolutamente injusto y además innecesario, especialmente con la publicación de la futura LES. El abuso por parte de entidades de gestión de derechos de autor en su actuación y de determinadas entidades del sector del ocio es otro. Son cuestiones conexas que también deben ser abordadas debidamente, pero que en modo alguno justifican la oposición a la promulgación de una norma que trata de poner fin a una práctica que, no por extendida, es y ha sido siempre, completamente ilegal.


También es discutible la técnica legislativa empleada, aunque este aspecto daría lugar a un debate de un calado técnico jurídico aún mayor que el empleado en este texto. Soy consciente de lo aburrido que puede resultar para los profanos en la materia, es decir, muchísima gente. Y lo comprendo.


Quienes citan en sus correos la infracción de la presunción de inocencia, la seguridad jurídica y la defensa de la cultura por encima de los intereses privados, olvidan que las dos primeras solamente están garantizadas cuando se cumple la normativa legal vigente. En cuanto a la defensa de la cultura, desde el momento en que se eliminan o ignoran los medios de subsistencia de gran parte de sus creadores se está atentando contra la misma.


Considero necesario un ejercicio de reflexión por parte de todos los aludidos. Es cierto que el modelo empresarial de muchos sectores del ocio ha adolecido de defectos terribles. Pero la fórmula no pasa por atentar contra los intereses directos de los más desprotegidos en esta materia, los autores, sino por el fomento de nuevas formas de distribución que permitan un equilibrio entre los intereses de todas las partes como, por ejemplo, el programa Spotify o Itunes.




Actualmente, el debate se había desviado tanto desde su origen que hemos tenido que acabar justificando la legalidad vigente contra la costumbre arraigada de cogerlo todo sin pagar por ello. Eso supone una adulteración de las reglas del juego democrático. Para exigir su cumplimiento todos debemos ser los primeros en dar ejemplo de su aceptación sin reservas.