miércoles, 28 de noviembre de 2012
DESNUDANDO A LA IZQUIERDA PLURAL
Decía el filósofo estoico y cordobés Lucio Anneo Séneca, que el lenguaje de la verdad debe ser, sin duda, sin artificios. En la política, además, me atrevo a añadir que no basta con decirla una sola vez, sino que la inercia de nuestras propias redes de comunicación en ocasiones transforma la información en otra muy distinta a la que se pretende ofrecer. Por eso es necesario repetir cuantas veces sea posible el mensaje propio. Aunque también se puede hacer un ejercicio de deconstrucción de las mentiras o medias verdades de otras formaciones políticas distintas a las propias.
Cuando una formación se autodeclara por sus propios actos y palabras en el referente moral de una parte muy importante de la sociedad, en este caso, digamos, la izquierda política de este país, se necesita mucha coherencia y transparencia para poder sostener tal afirmación sin que se le vean las costuras al traje. Si, además, algunas de las contradicciones en las que incurre dejan en evidencia manifiesta su propia petulancia entonces es que hemos pinchado hueso y hay mucho donde roer.
Vayamos a los hechos. El grupo parlamentario La Izquierda Plural que agrupa a las formaciones IU, ICV-EUiA y CHA ha defendido esta semana una moción (página 4) para una democracia avanzada y un Parlamento al servicio de la ciudadanía. Absolutamente pertinente y necesaria en los tiempos que corren de desafección y desilusión de los ciudadanos hacia quienes ejercemos la representación institucional política. Sin embargo, no exenta de algunos errores de tipo técnico que no tienen interés alguno y, sobre todo, con margen para establecer mejoras para profundizar en una mayor participación ciudadana.
Al margen de eso, dentro de todas las propuestas que planteaba, la mayor parte de ellas compartidas por el PSOE y/o mejoradas, había dos que no podíamos aceptar tal cual venían redactadas. La primera, relativa a equiparar las condiciones "laborales" de los parlamentarios con las de los trabajadores asalariados. No la aceptábamos en esos términos porque su lenguaje remitía al utilizado por el Partido Popular o UPyD en referencia a que esas condiciones que tenemos son "privilegios" por una parte y, por la otra, porque remitíamos el debate (que no rehusamos) a la Comisión del Estatuto del Diputado que es el foro donde debe tener lugar.
La segunda propuesta que no podíamos aceptar, hace referencia a establecer mecanismos de control para el cumplimiento de los programas electorales con revocación del cargo público en caso de incumplimiento. Es decir, convertir en contratos jurídicos los programas electorales. La barbaridad de esta proposición es tal que ha recibido reprimendas por parte de varias formaciones. Nuestras objeciones son dos: la primera es que si ni siquiera es posible cumplir las previsiones de 1 año previstas en unos PGE, menos lo son las de 4 años de un programa. Son perspectivas políticas, no cláusulas jurídicas. Aceptamos y creemos en la rendición de cuentas a través de la transparencia, pero no con una propuesta imposible de llevar a cabo y que desprende un tufo a demagogia intolerable.
¿Por qué demagogia? Porque IU es la primera que no la practica. Su apoyo en el Parlamento de Extremadura al Partido Popular ha permitido a esta formación aprobar recortes a la subvención al transporte escolar; transferencias de crédito de la educación pública a la concertada; eliminación de servicios sanitarios esenciales básicos para el mundo rural; elminación de las ayudas a la diversidad. Todos estos recortes imposibles de llevar a cabo sin la necesaria abstención de Izquierda Unida. No es necesario recordar que ni un solo parlamentario suyo ha dimitido así como que esta formación en su programa electoral no apoya los recortes sanitarios en educación y sanidad. Y esto es tan sólo un ejemplo. Existen otros.
Una vez explicadas las principales diferencias entre su propuesta y la nuestra, es necesario aclarar que tanto el PSOE como el PP hemos formulado una enmienda a la totalidad de la iniciativa de la Izquierda Plural. Extremadamente opuestas como podréis comprobar ahora.
Ahí va un ejemplo, este es el primer apartado de la nuestra, muy similar al de la original:
" El Congreso de los Diputados aprueba constituir, conforme al cauce reglamentario pertinente, una Subcomisión en el seno de la Comisión Constitucional, que tenga por objeto el estudio de medidas concretas que permitan un impulso democrático, que profundicen en la participación directa de la ciudadanía en la vida política, mejoren la identificación entre representantes y representados, así como que mejoren el funcionamiento de esta Cámara.
La referida comisión deberá elaborar y presentar ante esta cámara, en el plazo máximo de 12 meses, un informe con recomendaciones y medidas concretas"
Y éste es el primer apartado de la del PP:
" El Congreso de los Diptuados manifiesta encomendar, de conformidad con los cauces reglamentarios oportunos, a la Comisión de Reglamento la puesta en marcha de los trabajos para impulsar, desde el mayor consenso posible, los cambios reglamentarios que contribuyan a mejorar el funcionamiento de la Cámara y a lograr una mayor identificación en su capacidad de representar a los ciudadanos".
El subrayado y puesto en negrita del lenguaje es para resaltar las diferencias semánticas que, en política, como en el derecho, pueden generar abismos ocultos. La primera es que en la nuestra se aprueba la constitución de una subcomisión mientras que en la del PP se manifiesta encomendar a una ya existente, la de Reglamento, la puesta en marcha de trabajos.
La segunda diferencia, muchísimo más importante, trae causa de los plazos, imprescindibles. Mientras que la original y nuestra enmienda establece un máximo de 12 meses para la entrega de las medidas concretas, la del Partido Popular no fija plazo alguno...lo cual significa que puede transcurrir toda la legislatura sin que llegue a reunir la Comisión de Reglamento. Debo informar al lector que la citada comisión se reune al inicio de cada legislatura una vez...y ya.
Esta táctica de política procesal utilizada por el PP en numerosas ocasiones no ha pasado desapercibida para la Izquierda Plural. Saben, además, que el PP tuvo ya oportunidad de debatir estas cuestiones cuando el PSOE las planteó en junio de este año y votaron en contra.
Pues bien, a todo ello debo añadir que en las conversaciones con el portavoz de la formación izquierdista éste me había reconocido lo adecuado de la enmienda que les habíamos planteado. Pese a que no quiso decirme si aceptaban la nuestra o la de los conservadores hasta bien entrada la tarde, excusándose en que esperaba llamadas para plantear el asunto a sus compañeros. Mientras tanto, los medios de comunicación del Congreso ya sabían que aceptaban la propuesta popular. Inaudito.
A estas alturas, cabe preguntarse cuál es la coartada esgrimida para tal comportamiento. "Que aceptar la enmienda del PP abre el debate", me espeta el portavoz de la Izquierda Plural al día siguiente. "¿Qué va a abrir el debate? ¿Dónde?" inquiero recordándole que la ausencia de cualquier plazo permite a los populares demorar la convocatoria de la Comisión de Reglamento que, por otra parte, tan solo se reune una vez por legislatura.
Ante la evidencia de que nuestra enmienda será rechazada y aceptada la del PP es donde realizo las siguientes conjeturas:
1.- Nuestra enmienda es infinitamente mejor que la del PP y eso lo reconoce el propio grupo proponente original.
2.- También mejora sustancialmente su moción pero, si la aceptan, se convierte en NUESTRA propuesta y no la de ellos.
3.- Buscan el rédito político de afirmar que han conseguido llevar al PP a su terreno, cuando la enmienda del PP tiene un único objetivo: desactivar su moción con sus plazos y medidas concretas.
4.- La excusa de que así se aprobará la moción aunque la vacíen de contenido completamente, es absurda para una formación que hace bandera y fortuna política del victimismo cuando en cada pleno son rechazadas sistemáticamente todas las que formula.
5.- La Izquierda Plural prefiere renunciar a sus principios políticos en detrimento de una finalidad cortoplacista para apuntarse una victoria inane. En este punto no puedo evitar bromear en que se les presupone la ideología marxista...pero la de Karl, no la de Groucho y su famosa frase sobre los principios.
6.- Quien siempre hace gala de la crítica a la unión del PSOE y el PP para determinados asuntos no duda en alinearse con los populares cuando le conviene. Bien sea en el Parlamento extremeño, bien para hacer pinza contra los socialistas, algo que no se veía desde los tiempos del profeta Anguita.
En consecuencia y para finalizar un texto ciertamente extenso, las lecciones de moral deben contener un comportamiento sin mácula por parte de quien las recita. Especialmente cuando su mascarada es tan fácil de evidenciar. Este es tan sólo uno de los episodios llevados a cabo por esta formación política que denota semejante actitud muy a menudo, pero no es el único. A lo largo de la legislatura ya han mostrado una ambigüedad que ya querría para sí el David Bowie de los 70.
Nadie está a salvo de las contradicciones y de los errores, es absolutamente cierto. Pero no lo es menos que también existen quienes predican excesivamente con la palabra pero pecan con los actos. Volveré a informar de comportamientos semejantes la próxima vez que suceda. Es mi deber.
jueves, 8 de noviembre de 2012
jueves, 1 de noviembre de 2012
lunes, 29 de octubre de 2012
LEYES, DISCURSOS Y...ROCK'N'ROLL!!!
El próximo miércoles 31 de octubre de 2012, volveré a subirme a un escenario con una banda para hacer un concierto íntegro y no una canción puntual. Será la primera vez que lo haga desde octubre de 2008 y, por lo tanto, la primera también desde que ostento la condición de parlamentario.
No son pocas las ocasiones que he citado aquí y en otros foros que la música forma parte de mi vida tanto o más que cualquier otra de mis actividades intelectuales, sea el derecho o la política. En cierto modo, cuando subo a un escenario con mi bajo colgando sobre mis hombros genero también un discurso, una declaración. En este caso a través de la música y no tanto de las palabras, pero tan válido como cualquier otro de los que pueda haber pronunciado.
Después de 20 años militando en diversas bandas cifro los conciertos que habré dado en unos 50 o 60. Muchas cosas me han sucedido en ellos y considero que después del tono excesivamente serio de mis últimas entradas, es un buen momento para rememorar de forma desenfadada algunas anécdotas al respecto.
El primer concierto es, al igual que el resto de actividades trascendentes que uno realiza por primera vez, algo que jamás olvidaré. Aunque fue manifiestamente olvidable. Tocábamos 3 canciones en un festival de una localidad de Mallorca: "The house of the rising sun", "Sweet child o'mine" y una de nuestra propia cosecha. Comenzábamos con la versión de Guns and Roses y, a falta de cantante, yo tenía que encargarme de las tareas vocales. Por supuesto, jamás se me hubiera ocurrido tratar de imitar la voz y el tono de Axl Rose, pero en los ensayos con cantar unos tonos más bajos y conseguir afinar pensábamos que ya era suficiente.
El problema es que yo no había calculado el miedo escénico como factor a tener en cuenta. Y aunque solamente estaban presentes nuestros amigos y familiares entre el público, los nervios me jugaron una mala pasada y mis cuerdas vocales se tensaron tanto que, sí, incluso superé los agudos de Axl, pero a mil millones de galaxias de encontrar el tono correcto. Afortunadamente, el guitarrista me socorrió y acabó la canción de manera más o menos decente. Tardé meses en recuperarme de las heridas psicológicas que aquello me creó en términos de autoestima musical.
Sonrió ahora al recordar cuando con Dawholeenchilada se nos ocurrió, como truco escénico, aparecer en el escenario con la máscara de Jason Voorhes, el protagonista de la saga "Viernes 13". Una idea magnífica en lo visual, pero que quizás deberíamos haber puesto en práctica antes de hacerlo directamente en el concierto. ¿El resultado? Con los movimientos y la excitación la máscara se subió impidiéndonos al guitarrista y a mí ver el mástil de nuestros instrumentos y, lo más importante, respirar. Así que medio ahogados la tiramos al suelo 50 segundos después de haber comenzado la primera canción...mientras el resto de la banda seguía con ellas puestas...realmente impactante, lo estúpidos que éramos.
Claro que no siempre fuimos nosotros los que comenzábamos el espectáculo. En un concierto en una lejana localidad mallorquina, llegamos al bar donde debíamos actuar sobre las 8 de la tarde. Que hubiera parejas con bebés en cochecitos bebiendo cerveza ahí dentro, mientras los altavoces atronaban y el humo no te dejaba ver lo que sucedía a escasos centímetros de tu cara, ya hizo que saltaran todas las alarmas. Hicimos la prueba de sonido y nos fuimos a cenar. Al volver media hora antes del concierto, la Guardia Civil nos impide el paso porque estaban llevando a cabo una redada dentro del local. A través de las ventanas pude ver como uno de los agentes buscaba con las linternas en el interior de nuestros amplificadores. Por un momento el temor a que alguien hubiera escondido algo ahí dentro se apodero de mí, pero finalmente no sucedió nada. Tras el consiguiente ejercicio de arqueología a la luz de mecheros por parte de los clientes del lugar cuando marchó la pareja de agentes, el concierto se llevó a cabo sin incidentes reseñables.
Generalmente, cuando uno se sube a un escenario sabe que correo el riesgo de ser increpado por parte del público e incluso de recibir el impacto de algún objeto. Lo que ya no es tan habitual es que sea el propio público el que es insultado desde el escenario...por el grupo actuante. Así sucedió cuando tocando en otro festival (obviaré la banda y el lugar) antes de comenzar la segunda canción, el guitarrista pide al técnico de mesa que baje el volumen del bajo de los amplificadores de referencia internos que estaba, hasta yo lo reconozco, altísimo.
Evidentemente, se lo pidió desde el micro del escenario por lo que todo el público pudo escucharlo. Lo cierto es que una chica que se encontraba entre los asistentes gritó, incomprensiblemente: "¡Que te jodan!" A día de hoy todavía no he podido comprobar si se trataba de Andrea Fabra. La reacción de mi compañero fue la siguiente (también a través del micro y ante toda la audiencia): "Que te jodan a ti, puta de mierda. La siguiente canción va dedicada a la jodida puta que ha dicho "¡Que te jodan!". Nos quedamos tan paralizados como el resto de espectadores y solamente pude reaccionar cuando me tocaba entrar en el tema que ya había iniciado mi furibundo colega. Por fortuna, la cosa no pasó a mayores, imagino que por el temor de muchos a enfrentarse a la vehemencia y la agresividad personificada en que mutó, durante segundos, el guitarrista.
Estas son algunas de las anécdotas que acuden rápidamente a mi mente cuando evoco algunos conciertos. Otras creo que es mejor no publicarlas en este espacio. Podrían ser...malinterpretadas.
Tocar delante de un público es una sensación bastante similar a intervenir ante un tribunal o en un acto político. En todas las ocasiones siempre hay un factor de imprevisibilidad que hace enormemente excitante la experiencia, más allá de lo obvio. Este miércoles por fin volveré a encontrarme con esa sensación. Ha sido demasiado tiempo apartado de los escenarios. Será magnífico apuntar con el mástil de mi bajo hacia los asistentes y con la barbilla ligeramente inclinada hacia arriba decir: "He vuelto".
Después de 20 años militando en diversas bandas cifro los conciertos que habré dado en unos 50 o 60. Muchas cosas me han sucedido en ellos y considero que después del tono excesivamente serio de mis últimas entradas, es un buen momento para rememorar de forma desenfadada algunas anécdotas al respecto.
El primer concierto es, al igual que el resto de actividades trascendentes que uno realiza por primera vez, algo que jamás olvidaré. Aunque fue manifiestamente olvidable. Tocábamos 3 canciones en un festival de una localidad de Mallorca: "The house of the rising sun", "Sweet child o'mine" y una de nuestra propia cosecha. Comenzábamos con la versión de Guns and Roses y, a falta de cantante, yo tenía que encargarme de las tareas vocales. Por supuesto, jamás se me hubiera ocurrido tratar de imitar la voz y el tono de Axl Rose, pero en los ensayos con cantar unos tonos más bajos y conseguir afinar pensábamos que ya era suficiente.
El problema es que yo no había calculado el miedo escénico como factor a tener en cuenta. Y aunque solamente estaban presentes nuestros amigos y familiares entre el público, los nervios me jugaron una mala pasada y mis cuerdas vocales se tensaron tanto que, sí, incluso superé los agudos de Axl, pero a mil millones de galaxias de encontrar el tono correcto. Afortunadamente, el guitarrista me socorrió y acabó la canción de manera más o menos decente. Tardé meses en recuperarme de las heridas psicológicas que aquello me creó en términos de autoestima musical.
Sonrió ahora al recordar cuando con Dawholeenchilada se nos ocurrió, como truco escénico, aparecer en el escenario con la máscara de Jason Voorhes, el protagonista de la saga "Viernes 13". Una idea magnífica en lo visual, pero que quizás deberíamos haber puesto en práctica antes de hacerlo directamente en el concierto. ¿El resultado? Con los movimientos y la excitación la máscara se subió impidiéndonos al guitarrista y a mí ver el mástil de nuestros instrumentos y, lo más importante, respirar. Así que medio ahogados la tiramos al suelo 50 segundos después de haber comenzado la primera canción...mientras el resto de la banda seguía con ellas puestas...realmente impactante, lo estúpidos que éramos.
Claro que no siempre fuimos nosotros los que comenzábamos el espectáculo. En un concierto en una lejana localidad mallorquina, llegamos al bar donde debíamos actuar sobre las 8 de la tarde. Que hubiera parejas con bebés en cochecitos bebiendo cerveza ahí dentro, mientras los altavoces atronaban y el humo no te dejaba ver lo que sucedía a escasos centímetros de tu cara, ya hizo que saltaran todas las alarmas. Hicimos la prueba de sonido y nos fuimos a cenar. Al volver media hora antes del concierto, la Guardia Civil nos impide el paso porque estaban llevando a cabo una redada dentro del local. A través de las ventanas pude ver como uno de los agentes buscaba con las linternas en el interior de nuestros amplificadores. Por un momento el temor a que alguien hubiera escondido algo ahí dentro se apodero de mí, pero finalmente no sucedió nada. Tras el consiguiente ejercicio de arqueología a la luz de mecheros por parte de los clientes del lugar cuando marchó la pareja de agentes, el concierto se llevó a cabo sin incidentes reseñables.
Generalmente, cuando uno se sube a un escenario sabe que correo el riesgo de ser increpado por parte del público e incluso de recibir el impacto de algún objeto. Lo que ya no es tan habitual es que sea el propio público el que es insultado desde el escenario...por el grupo actuante. Así sucedió cuando tocando en otro festival (obviaré la banda y el lugar) antes de comenzar la segunda canción, el guitarrista pide al técnico de mesa que baje el volumen del bajo de los amplificadores de referencia internos que estaba, hasta yo lo reconozco, altísimo.
Evidentemente, se lo pidió desde el micro del escenario por lo que todo el público pudo escucharlo. Lo cierto es que una chica que se encontraba entre los asistentes gritó, incomprensiblemente: "¡Que te jodan!" A día de hoy todavía no he podido comprobar si se trataba de Andrea Fabra. La reacción de mi compañero fue la siguiente (también a través del micro y ante toda la audiencia): "Que te jodan a ti, puta de mierda. La siguiente canción va dedicada a la jodida puta que ha dicho "¡Que te jodan!". Nos quedamos tan paralizados como el resto de espectadores y solamente pude reaccionar cuando me tocaba entrar en el tema que ya había iniciado mi furibundo colega. Por fortuna, la cosa no pasó a mayores, imagino que por el temor de muchos a enfrentarse a la vehemencia y la agresividad personificada en que mutó, durante segundos, el guitarrista.
Estas son algunas de las anécdotas que acuden rápidamente a mi mente cuando evoco algunos conciertos. Otras creo que es mejor no publicarlas en este espacio. Podrían ser...malinterpretadas.
Tocar delante de un público es una sensación bastante similar a intervenir ante un tribunal o en un acto político. En todas las ocasiones siempre hay un factor de imprevisibilidad que hace enormemente excitante la experiencia, más allá de lo obvio. Este miércoles por fin volveré a encontrarme con esa sensación. Ha sido demasiado tiempo apartado de los escenarios. Será magnífico apuntar con el mástil de mi bajo hacia los asistentes y con la barbilla ligeramente inclinada hacia arriba decir: "He vuelto".
lunes, 22 de octubre de 2012
¿QUÉ NOS ESTÁ SUCEDIENDO?
Ayer domingo 21 de octubre de 2012, se celebraron elecciones autonómicas en Galicia y el País Vasco. Los resultados en el momento en que escribo estas líneas son ya suficientemente conocidos por todos, al igual que muchos análisis, opiniones y conjeturas al respecto.
La pregunta que formulo para esta entrada no solamente concierne al PSOE, que también, sino que es una reflexión sobre la ciudadanía en general y la de izquierdas en particular.
Creo que es posible afirmar que los primeros comicios en los que realmente se comprobaron los estragos provocados por las políticas anticrisis en España, fueron los del 22 de mayo de 2011. Las anteriores elecciones vascas y gallegas así como las europeas del mismo año, 2009, se produjeron en un momento en que muchos pensaban que la crisis actual no tendría estas repercusiones por lo que su influjo, de haberlo, fue menor.
Posteriormente, llegaron las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011 en la que los socialistas cosechamos los peores resultados del actual periodo democrático en España. Para entonces ya era más que evidente que habíamos perdido la confianza de una parte muy importante del electorado de izquierdas y que nos iba a costar recuperarlo. Los resultados de Andalucía y Asturias este 2012 supusieron un aparte cuya incidencia se ve ahora minimizada con los resultados obtenidos especialmente en Galicia, donde se han vuelto a reproducir los mismos patrones que en las fechas electorales de 2011.
Es entonces cuando me pregunto qué puede sucederle a mi partido para que no hayamos sido capaces de recuperar parte del crédito perdido, cuando hace ya más de un año que tenemos constancia de la desafección ciudadana hacia nuestras siglas. Pienso en nuestras ideas y nuestras propuestas. El programa electoral con el que confluimos a las elecciones generales de 2011 es uno de los más modernos y socialdemócratas de nuestra reciente historia. ¿Pero quién está ahí para escucharnos y, sobre todo, para creer que vamos a ser capaces de hacerlo?
Habíamos gobernado el comienzo de la crisis en España y errores propios muy publicitados, junto con aciertos varios poco explicados además de otros factores como el15-M, por ejemplo, generaron el caldo de cultivo necesario para obtener esos resultados. De acuerdo. Pero desde entonces, este partido ha pasado por un congreso federal y los consiguientes regionales y provinciales. Si los ciudadanos nos siguen viendo como los mismos que permitimos por omisión u obra que parte de esta crisis sea lo que es, resulta evidente que es necesario hacer algo más, mucho más de lo que hasta ahora hemos hecho.
No es tan solo una cuestión de nombres. Al menos no solamente eso. Pero sí necesitamos que la gente vuelva a acercarse a nosotros para que sean capaces de escucharnos. De momento, no están dispuestos a hacerlo y no les culpo por ello. Por lo tanto, debemos ser nosotros quienes nos pongamos a la distancia necesaria. Y solamente podemos ser capaces de hacerlo introduciendo una verdadera participación y transparencia en el funcionamiento cotidiano del partido.
En los próximos meses se celebrarán conferencias organizativas y políticas en las que se debatirán aspectos relativos al discurso y modo de funcionar del PSOE. Probablemente es uno de los últimos trenes que podemos alcanzar antes los próximos comicios generales, los cuales dudo que sean en 2015. Si no somos capaces de abrirnos y compartir nuestro mensaje, hacerlo de todos, permitir que otras personas cercanas puedan participar, difícilmente vamos a poder generar la atención necesaria para hacernos oír. Es evidente que cuanto antes se produzca la celebración de estos eventos, mucho mejor.
Pero comentaba al principio de esta entrada que no solamente me pregunto qué le ocurre al PSOE. Considero que la izquierda de este país en general debe también hacer una profunda reflexión. Comprobar que IU celebra los resultados obtenidos en Galicia por AGE cuando solamente ha conseguido la mitad de los obtenidos por un PSOE en horas bajas es una buena muestra de su ingenuidad. No puede haber un mensaje más claro sobre la incapacidad de la izquierda de pancarta y oposición eterna para ser una verdadera alternativa, no ya al poder, sino a los socialistas. Si nosotros adolecemos de falta de credibilidad en su caso es ya una imposibilidad absoluta el conseguirla.
Otro tanto podríamos decir de los nacionalistas de izquierdas del BNG. Un término que por cierto me parece una contradictio in terminis para cualquiera que comulgue (con perdón) con ideas como solidaridad, igualdad o internacionalismo.
La fragmentación de la izquierda una vez más beneficia a una derecha que siempre ha tenido muy claras varias directrices esenciales en esto de la democracia y ganar elecciones: el que no vota, no gana; mejor una mal gobierno de derechas que un buen gobierno de izquierdas; 1 solo día de esfuerzo permite 4 años de beneficio...y muchas otras.
En cuanto a las personas de izquierdas que prefieren quedarse en sus casas, votar nulo o en blanco, pese a que todos comprendemos el hartazgo, hastío y desesperación que pueden llevarles a tomar una decisión semejante, no puedo aceptarlo bajo un punto de vista democrático. Democracia es participación, opinar, contrastar, protestar, manifestarse, votar. Es posible que ninguna de las opciones disponibles colme sus expectativas, pero quizás también deben reflexionar sobre su nivel de exigencia política y si el candidato de sus sueños es, precisamente, eso: una ensoñación.
Me explico. Pongamos que esas personas no votan al PSOE por considerar que no tiene credibilidad alguna o que no es lo suficientemente de izquierdas. Tienen otras opciones, sea el caso de IU, BNG, AGE o cualquier otro partido con más o menos relevancia. Pero tampoco les votan de forma masiva. Independientemente de lo mucho que perjudique el sistema electoral y el reparto de escaños a esas formaciones, lo cierto es que IU, por ejemplo, recibió en las elecciones generales de 2011 1.686.040 votos. El 6, 92 % de los votos. Casi 4.500.000 votos menos que el peor resultado que hemos conseguido los socialistas en nuestra historia. Por no citar a formaciones mucho más minoritarias.
Por muy profunda que sea la desafección de una persona de izquierdas hacia el sistema, considero que por principios democráticos debe votar a una formación que aglutine el mayor número de opciones con las que se identifique. Aunque no coincida absolutamente. Aunque no le merezcan la mayor de las confianzas, aunque no tenga posibilidades reales de ganar o gobernar.
Pero es que el voto de protesta sin destinatario o la abstención jamás conseguirá una educación pública de calidad; una sanidad universal gratuita que se denomine como tal; unas pensiones dignas. Más bien la historia reciente nos demuestra que cuanto más se producen este tipo de reacciones, la derecha arrasa. Precisamente por lo clarísimas que tienen sus votantes estas cuestiones.
En cualquier caso, todas estas reflexiones están realizadas al calor de los acontecimientos. Solamente son observaciones que me apetecía compartir. El análisis concreto y las soluciones a aplicar requieren de muchísima más templanza y profundidad. Eso sí, debe comenzar hoy mismo. O, mejor dicho, espero que comenzara ayer.
En cuanto a las personas de izquierdas que prefieren quedarse en sus casas, votar nulo o en blanco, pese a que todos comprendemos el hartazgo, hastío y desesperación que pueden llevarles a tomar una decisión semejante, no puedo aceptarlo bajo un punto de vista democrático. Democracia es participación, opinar, contrastar, protestar, manifestarse, votar. Es posible que ninguna de las opciones disponibles colme sus expectativas, pero quizás también deben reflexionar sobre su nivel de exigencia política y si el candidato de sus sueños es, precisamente, eso: una ensoñación.
Me explico. Pongamos que esas personas no votan al PSOE por considerar que no tiene credibilidad alguna o que no es lo suficientemente de izquierdas. Tienen otras opciones, sea el caso de IU, BNG, AGE o cualquier otro partido con más o menos relevancia. Pero tampoco les votan de forma masiva. Independientemente de lo mucho que perjudique el sistema electoral y el reparto de escaños a esas formaciones, lo cierto es que IU, por ejemplo, recibió en las elecciones generales de 2011 1.686.040 votos. El 6, 92 % de los votos. Casi 4.500.000 votos menos que el peor resultado que hemos conseguido los socialistas en nuestra historia. Por no citar a formaciones mucho más minoritarias.
Por muy profunda que sea la desafección de una persona de izquierdas hacia el sistema, considero que por principios democráticos debe votar a una formación que aglutine el mayor número de opciones con las que se identifique. Aunque no coincida absolutamente. Aunque no le merezcan la mayor de las confianzas, aunque no tenga posibilidades reales de ganar o gobernar.
Pero es que el voto de protesta sin destinatario o la abstención jamás conseguirá una educación pública de calidad; una sanidad universal gratuita que se denomine como tal; unas pensiones dignas. Más bien la historia reciente nos demuestra que cuanto más se producen este tipo de reacciones, la derecha arrasa. Precisamente por lo clarísimas que tienen sus votantes estas cuestiones.
En cualquier caso, todas estas reflexiones están realizadas al calor de los acontecimientos. Solamente son observaciones que me apetecía compartir. El análisis concreto y las soluciones a aplicar requieren de muchísima más templanza y profundidad. Eso sí, debe comenzar hoy mismo. O, mejor dicho, espero que comenzara ayer.
martes, 9 de octubre de 2012
25 DE SEPTIEMBRE DE 2012
De casi todos los acontecimientos históricos en los que el pueblo se ha rebelado con mayor o menor fortuna contra sus dirigentes, conservamos en la retina imágenes asociadas a estos que sintetizan lo sucedido. En algunos casos, obras de arte que presentan alegorías de esos instantes como el "Asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo" o el de la Revolución Francesa de 1830 (que erróneamente se atribuye en ocasiones a la de 1789). En otros, fotografías y/o vídeos como la archiconocida foto del hombre anónimo con las bolsas de la compra que se encara con un tanque en las protestas de la Plaza de Tiananmen de 1989.
A pesar de que hay un abismo en cuanto a la importancia histórica entre los acontecimientos que cito y el pasado día 25 de septiembre de 2012, sí hay una imagen que refleja de alguna manera los excesos y errores llevados a cabo ese día por las fuerzas de seguridad y, especialmente, por quienes dieron las instrucciones políticas sobre cómo debían resolverse los incidentes que hubiera. Ésta es la imagen en cuestión:
Cualquier persona comprende la necesidad de un dispositivo policial ante una manifestación que pretende la ocupación del Congreso de los Diputados, durante la celebración de una sesión plenaria. Incluso la primera carga que se realiza contra los manifestantes que pretenden saltar las barreras o derribarlas tiene justificación. Pero a partir de ese momento, cuando se contemplan escenas en las que la policía agrede con sus porras por encima de la cintura a ciudadanos que no realizan actividad subversiva alguna, contra personas caídas al suelo e incluso algunas de ellas de avanzada edad, no existe ningún argumento que pueda convencerme de la necesidad e idoneidad de semejante comportamiento.
Porque la policía, como defensores en última instancia de la legalidad y del Estado de Derecho, algo que se nos ha repetido en numerosas ocasiones en estos días, estaba allí para evitar incidentes y proteger a los diputados y ciudadanos, no para provocarlos o agredir gratuitamente a estos últimos.
Pero como ya he comentado en otra ocasión, no es la policía la principal responsable de los atropellos que se han cometido sobre los manifestantes no violentos que acudieron el pasado 25 de septiembre a las puertas del Congreso. Al menos, no los responsables intelectuales. Son quienes dieron las instrucciones políticas a los mandos de actuar con contundencia y deliberadamente quienes pretendían escarmentar a los que habían osado plantarse en Plaza Neptuno. La Delegada del Gobierno en Madrid, principal perpetradora de estos hechos, dijo textualmente en televisión que la policía había hecho lo correcto porque: "Lo había dado todo".
No seré yo quien defienda y comparta los objetivos de los manifestantes, pero sí tengo muy claro que debo defender el derecho de la mayoría de ellos a hacerlo pacíficamente y que reciban el respeto y consideración que como ciudadanos de un país democrático merecen. Hay determinados episodios de aquél día que generan escalofríos, impropios de nuestra sociedad.
Sin embargo, no pretendo huir del debate generado en torno a esos motivos por los que miles de ciudadanos decidieron llevar a cabo un acto de protesta sin parangón en nuestra historia democrática. Algo sucede para que de la noche a la mañana, personas normales con vidas comunes como las de todos nosotros den un paso que años antes jamás se hubieran atrevido a dar.
Pienso en el Congreso de los Diputados como el espejo en el que nos reflejamos los políticos y en el uso que se le ha venido otorgando en los últimos meses. Pienso en un Presidente del Gobierno que no comparece para dar las explicaciones pertinentes sobre asuntos cruciales para los españoles, que sí se debaten en el Bundestag o en Finlandia. Recuerdo propuestas formuladas esta misma legislatura para abrir sus puertas y acercarlo a los ciudadanos permitiendo su participación, rechazadas con una frialdad pasmosa. Reflexiono sobre la cantidad de Decretos-Leyes que sustraen el debate parlamentario y no permiten que se visualicen las propuestas de otros grupos que no sea el Gobierno.
Entonces, me doy cuenta de que el objetivo del Partido Popular de ahondar en el desprestigio de la clase política es una realidad. Sabedores de que siempre es la izquierda la que sale perjudicada de la puesta en marcha del ventilador ante un montón de estiércol, acentúan su desdén sobre la ciudadanía; exageran su desprecio ("que se jodan") sobre los demás; aumentan su supuesta indiferencia ante las protestas ciudadanas. A ellos les perjudica, sí. Pero a nosotros nos perjudica el doble y ahí están los datos sobre popularidad e intención de voto.
Y esa desafección, ese descreimiento en las personas y las instituciones que nos dedicamos a la política acaba transformándose en rabia, impotencia, desesperación. Todas ellas necesarias para llevar a cabo sucesos como el del 25-S. No los actos violentos. Sino los de las personas pacíficas (la mayoría) que decidieron acudir a la convocatoria o apoyarla desde diversas ciudades y redes sociales.
Este hecho debe servirnos de reflexión a todos sin excepción alguna. Debe recordarse que existen topes, límites invisibles que no pueden traspasarse. Que hay palabras como "libertad" o "derechos" que cuando su uso se pervierte, acaba peligrando la propia democracia.
Espero que en los próximos acontecimientos relacionados con esta cuestión, se pueda comprobar que vamos hacia adelante y no hacia atrás.
Pero como ya he comentado en otra ocasión, no es la policía la principal responsable de los atropellos que se han cometido sobre los manifestantes no violentos que acudieron el pasado 25 de septiembre a las puertas del Congreso. Al menos, no los responsables intelectuales. Son quienes dieron las instrucciones políticas a los mandos de actuar con contundencia y deliberadamente quienes pretendían escarmentar a los que habían osado plantarse en Plaza Neptuno. La Delegada del Gobierno en Madrid, principal perpetradora de estos hechos, dijo textualmente en televisión que la policía había hecho lo correcto porque: "Lo había dado todo".
No seré yo quien defienda y comparta los objetivos de los manifestantes, pero sí tengo muy claro que debo defender el derecho de la mayoría de ellos a hacerlo pacíficamente y que reciban el respeto y consideración que como ciudadanos de un país democrático merecen. Hay determinados episodios de aquél día que generan escalofríos, impropios de nuestra sociedad.
Sin embargo, no pretendo huir del debate generado en torno a esos motivos por los que miles de ciudadanos decidieron llevar a cabo un acto de protesta sin parangón en nuestra historia democrática. Algo sucede para que de la noche a la mañana, personas normales con vidas comunes como las de todos nosotros den un paso que años antes jamás se hubieran atrevido a dar.
Pienso en el Congreso de los Diputados como el espejo en el que nos reflejamos los políticos y en el uso que se le ha venido otorgando en los últimos meses. Pienso en un Presidente del Gobierno que no comparece para dar las explicaciones pertinentes sobre asuntos cruciales para los españoles, que sí se debaten en el Bundestag o en Finlandia. Recuerdo propuestas formuladas esta misma legislatura para abrir sus puertas y acercarlo a los ciudadanos permitiendo su participación, rechazadas con una frialdad pasmosa. Reflexiono sobre la cantidad de Decretos-Leyes que sustraen el debate parlamentario y no permiten que se visualicen las propuestas de otros grupos que no sea el Gobierno.
Entonces, me doy cuenta de que el objetivo del Partido Popular de ahondar en el desprestigio de la clase política es una realidad. Sabedores de que siempre es la izquierda la que sale perjudicada de la puesta en marcha del ventilador ante un montón de estiércol, acentúan su desdén sobre la ciudadanía; exageran su desprecio ("que se jodan") sobre los demás; aumentan su supuesta indiferencia ante las protestas ciudadanas. A ellos les perjudica, sí. Pero a nosotros nos perjudica el doble y ahí están los datos sobre popularidad e intención de voto.
Y esa desafección, ese descreimiento en las personas y las instituciones que nos dedicamos a la política acaba transformándose en rabia, impotencia, desesperación. Todas ellas necesarias para llevar a cabo sucesos como el del 25-S. No los actos violentos. Sino los de las personas pacíficas (la mayoría) que decidieron acudir a la convocatoria o apoyarla desde diversas ciudades y redes sociales.
Este hecho debe servirnos de reflexión a todos sin excepción alguna. Debe recordarse que existen topes, límites invisibles que no pueden traspasarse. Que hay palabras como "libertad" o "derechos" que cuando su uso se pervierte, acaba peligrando la propia democracia.
Espero que en los próximos acontecimientos relacionados con esta cuestión, se pueda comprobar que vamos hacia adelante y no hacia atrás.
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